Luis Méndez

Nació en la ciudad de Granada de 1932. Su padre biológico murió cuando él tenía cinco años y fue su padrastro, don Juan Flutch, quien lo ayudó a aprobar la primaria y le enseñó el oficio de relojero.

Es fácil imaginarse al pequeño Luis sorprendiendo a sus compañeritos, maestros y vecinos en general con su potente y bien timbrada voz, cuando participaba en los actos escolares, cumpleaños, etc.

Sea como fuere, un buen día, cuando tenía diez años, lo trajeron a Managua para participar en un programa de variedades musicales de Fernando Calderón Villanueva, en La Voz de América Central.

El impacto fue tanto y el entusiasmo de los presentes tan grande, que el animador lo hizo salir una y otra vez a cantar ante la presión de los aplausos.

Luis volvió a Granada, pero no olvidó lo que había visto: el movimiento artístico en emisoras y clubes nocturnos que, aunque incipiente, a él se le antojaba fulgurante.

Todas las radioemisoras tenían sus radioteatros al que llegaban los aficionados y, con el tiempo, el Malecón de Managua daría albergue al famoso Casino Olímpico, de Moncho Bonilla, centro de juegos y diversiones nocturnas, así como parada de bailarinas, cantantes y comediantes que se desplazaban del sur hacia el norte y viceversa.

El joven Luis, casi un adolescente aún, decidió abandonar la relativa tranquilidad de la casa materna, para emprender la gran aventura de conquistar la capital.

En su maleta vienen, seguramente, partituras musicales habidas en algún fallido intento de aprender solfeo, libros de música, métodos para aprender a cantar y discos de sus tenores preferidos, pero también trae tenazas y otros finos instrumentos para reparar relojes. Poco dinero en el bolsillo y muchos sueños en el corazón.

Hacia 1948 lo encontramos instalado en su pequeño taller de relojería, en las inmediaciones del mercado San Miguel, trabajando desde muy temprano y no nos extrañemos si algún vecino se quejaba de que lo desvelaba la música española o italiana que escucha Luis, o el mismo joven relojero ensayando la Macarena o Torna a Sorrento.

Sus primeros pasos en la radio los da junto a Martha Cansino, en un programa religioso dramatizado que dirigía Julio César Sandoval.

Éste lo oye cantar e inmediatamente lo presenta en su programa “Estrellas Mejoral”, en La Voz de la América Central, donde obtiene un éxito rotundo.

Lo acompaña uno de los mejores pianistas que ha tenido Nicaragua, el maestro Luis Urroz, quien, acostumbrado a acompañar a grandes tenores y sopranos extranjeros, de hecho, se convierte en su primer maestro.

Así, trabajando como relojero y joyero, deambula por emisoras y clubes nocturnos queriendo profesionalizarse en el canto y la actuación, quizás vislumbrando un futuro en el cine y la televisión que ya está por venir.

Si pudiéramos dar marcha atrás a la máquina del tiempo, tal vez veríamos a Luis entrado al Restaurante Nankin, de don Juan Lau y doña Gloria Úbeda, junto a su amigo, el guitarrista Edmundo Guerrero, conocido por todos como “Mundaje”.

Habla Luis de españolerías y “Mundo” de jazz y de samba y, al final, “Mundaje” preguntará si pide otro bistec encebollado empacado para después del cine. Luis asentirá comprensivo ante el insaciable apetito del guitarrista.

Al aparecer la onda media, Luis forma parte del cuadro dramático de Radio Mundial, al lado de consagrados como José Dibb Mc Conell, mientras graba en los estudios Centauro, canciones de los más conocidos compositores nicaragüenses.

El 21 de junio de 1954 contrae matrimonio con la joven Miriam Quintana, y residen en el barrio Santo Domingo.

A mediados de los 50, tenemos a nuestro héroe actuando en el Casino Olímpico, de Moncho Bonilla, junto a Edmundo Guerrero y Rafael Gastón Pérez, entre otros. Hay un show de strip tease, y Alba, la “Tempestuosa”, es la más bella de todas las bailarinas. “Mundo” se enloquece por ella, pero ella se derrite por Luis Méndez.

Conoce también allí a un cubano, animador de programas y cantante de españolerías llamado Fausto de León, a quien vimos actuar en el radioteatro de Radio Managua, de Luis Felipe Hidalgo, cantando “Si vas a Calatayud”.

Fausto de León lo encaminaría en su afición por la canción lírica y lo contrataría para una gira por Costa Rica, Panamá y Sudamérica.

En Panamá se presenta en los mejores centros nocturnos, al lado del nuevo solista mexicano Marco A. Muñiz. Pero su joyería ha crecido y no se atreve a dejarla en manos de empleados, por eso se regresa y no sigue en la gira.

Mientras la música cubana y la mexicana atrapan a las clases populares, la norteamericana y, sobre todo, la española, se consolidan en el gusto de la gente adinerada.

Esto último tiene su explicación, probablemente, en la presencia de monjas y sacerdotes españoles, que controlan la educación en los colegios privados, hacia donde convergen las elites socioeconómicas.


Escribe Jesús Miguel “Chuno” Blandón

Para mí, Luis Méndez murió la noche del terremoto: 23 de diciembre de 1972. No le cayó la casa encima ni figuró en la lista de los miles que quedaron atrapados en los escombros. Fue la suya una muerte indirecta, ya que esa noche perdió su joyería, su Almacén, todo, que fueron destruidos y saqueados sin que el Seguro los cubriera.

Él, que estaba acostumbrado a dar más que a pedir, pues los esfuerzos y ahorros de toda su vida le permitían, incluso, entregarle al arte más que vivir de él, al verse totalmente indefenso, tiene que pedir trabajo como locutor y como actor.

Desgraciadamente, las tragedias como terremoto y guerras hacen aflorar no sólo los sentimientos de solidaridad, sino también las actitudes más mezquinas, los instintos oportunistas y algunos empresarios no fueron tan magnánimos con nuestro cantante.

“La pasé muy dura trabajando en la radio”, nos diría Luis.

¿Cuántas humillaciones tuvo que enfrentar? ¿Cuántas situaciones difíciles tuvo que vivir para que un día cualquiera decidiera abandonar Nicaragua, por fin y en las peores circunstancias?
No habría esta vez contratos jugosos ni una empresa de espectáculos internacionales esperándolo para una serie de conciertos.

No, sólo está su viejo trabajo, su antigua profesión: joyero y relojero, aguardándolo en San Francisco, California.

Sería sobrancero investigar los detalles de ese período trágico en la vida de Luis.

Esta frase suya lo resume todo:

“No hubo un solo minuto de los 17 años que pasé en San Francisco que yo no estuviera pensando en volver a Nicaragua, mañana me voy de vuelta, me decía para darme ánimos.” En 1980 fui nombrado Director de Radio Sandino y, en 1981, cuando se celebraba el primer aniversario del Tren de las seis, en su nueva época, hablé con su hijo, Luis Méndez Quintana, para llamarlo a los Estados Unidos e invitarlo a venir a Nicaragua con los gastos pagados.

Era un riesgo porque, en ese tiempo, se pensaba que todo el que vivía fuera de Nicaragua era somocista o contra.

Un gran recibimiento

Pero Luis vino, le dimos un gran recibimiento y lo condecoramos en el Teatro González, no sin antes recibir serias reprimendas de los comisarios políticos que lo confundían con Gustavo Latino, que efectivamente había tenido filiación somocista.

Luis nunca olvidó ese homenaje, fue probablemente una de las noches más felices de su vida y, cuando al fin regresó, a inicios de los 90, le volvimos a dar otro homenaje de bienvenida en el Mirador Tiscapa, organizado por Radio Istmo.

Estuvieron ahora con nosotros Camilo Zapata, Otto de la Rocha, Marta Baltodano, César Prado, Orlando Cortés y sus hijos.

Por supuesto, decidimos que Luis hiciera un programa en Radio Istmo, en el mejor tiempo.

Trabajábamos en la preparación del espacio mi esposa Miriam Palacios, Santiago Arias y yo cuando un día lo vimos llegar acompañado de su hijo Luis, con un paquete de long playing bajo el brazo.

Sentí que el corazón se me ponía chiquito cuando descubrí que los discos eran de sus viejos amigos Nicolás Urcelay, Mario Lanza, Alfredo Sadel, José Mojica, Mario Alberto Rodríguez, Pedro Vargas, Libertad Lamarque: los discos que lo habían acompañado toda su vida, incluso en la soledad en el extranjero, y al lado de los cuales él se había convertido en un tenor lírico.

¿Cómo decirle que el bel canto ya no estaba de moda?
¿Cómo explicarle que la música selecta, la música estéticamente bella, no estaba registrada en los ratings radiales?
¿Cómo hablarle de marketing, de costo por millar, de audiencia segmentada, de perfiles radiales?
- Vos que sos mi hermano, que sos un artista, ¿me hablás así?
- Qué querés que haga, Luis, de esto vivimos, de esto pagamos la luz, el agua, la planilla. Hay que poner salsa, merengue, bachata y ballenato.

Adiós Lecuona, Mario Lanza, Lara, Rafael Hernández.

“Y a veces escucho un eco divino,
que envuelto en la brisa parece decir
Si te quiero muuucho, mucho, mucho
tanto como entonces, siempre hasta morir”.

Santiago Arias, Director de programación, todavía se estremece al recordar el momento.

Realmente no llegamos a enemistarnos, ni siquiera a distanciarnos, pues Luis era inteligente y, aunque no aceptaba la realidad, sí comprendía mis razones.

Se fue a otras emisoras donde también le hablaron del rating y del costo por millar.

Salió al aire de nuevo Café de Artistas en la televisión, con el apoyo de sus hijos, pero 17 años no habían pasado en vano. Luis, para sobrevivir en Estados Unidos, se había quedado mentalmente anclado en los años 60 y seguía aferrado a ellos: fue su mecanismo de defensa para sobrevivir en el extranjero. Realmente nunca volvió a salir de esa época, se encerró en lo que habían sido sus años de gloria para seguir viviendo en una Nicaragua que se le antojaba diferente y que le era incomprensible.

Eterno enamorado

Luis se casó varias veces y tuvo hijos de sus diversos matrimonios, es posible que ese trajinar sentimental haya dejado regueros de corazones femeninos heridos.

No soy quién para juzgarlo en este terreno. Además, a ese respecto… ¿Quién puede tirar la primera piedra?
Eterno enamorado, se enamoró nuevamente y se vino a vivir cerca de mi oficina, en Ciudad Jardín. Tuvo una niña, Luisita, a quien le dedicó sus amores otoñales. Él sabía que no podía darle ni a ella ni a su compañera Iris todo lo que deseaba, ni su voz ni su arte eran ya cotizados en el mercado.

Hizo todavía un programa radial de anécdotas de la vieja Managua que no le producía, porque él se mantenía fiel a su línea de no vender anuncios.
“Yo no vendo mi arte”, repetía.
Sus hijos Giselle, Luis, Marlon y Donald le dieron todo el apoyo, así como diversos homenajes en la Ruta Maya.

Nos mirábamos a menudo, o yo iba a su casa o él venía a mi oficina. A veces me quedaba viendo y sonreía:
“Yo no creí que un loco como vos llegara tan lejos”, me decía.

Es que jamás pensó que el chavalo alocado que un día conoció en un programa de aficionados fuera capaz de graduarse de abogado y casarse y tener hijos como una persona seria. Muchas veces hicimos chistes sobre eso.

Siempre llegaba a mi casa, para mi cumpleaños, platicaba con Alejandro Serrano quien lo acompañara al piano en las veladas universitarias, Malagueña, Granada, etc.

Estuve con él porque así me lo pidió en los sucesivos homenajes que le dieron en la Ruta Maya, Alcaldía de Managua, etc.

En el último cumpleaños mío, al que asistió, cantó como nunca, como antes, como entonces.

Este hombre ha vuelto a nacer, pensé. Su voz está como nunca.

Estaba lejos de imaginar que unos días después, durante otro homenaje, el jilguero dejaría de trinar.

El derrame cerebral lo acabó porque, aunque siguió viviendo, ya no podía articular palabra. Me hablaba por señas y se enojaba consigo mismo porque no podía vocalizar. Los labios no obedecían al cerebro. Lo visitaba semanalmente y a veces pasaba dos semanas sin verlo con la secreta esperanza de que en ese lapso hubiera recuperado la voz.

Para el 8vo. Aniversario de Radio Tigre condecoramos a Luis Méndez y Camilo Zapata en el Malecón de Managua ante 50,000 personas. Su hijo Donald y yo lo subimos a la tribuna. “Lo hicieron muy feliz”, me dijo Donald, días después.

El invitado especial nunca llegó

En un nuevo cumpleaños mío lo esperé, pero no llegó. Después me confesó que no tenía transporte, era demasiado orgulloso para pedirme que lo mandara a traer o molestar a sus hijos.

Su soledad, su pobreza, contrastaban con lo que fue su vida: alegría, celebraciones, música.

Cuando me dijeron que había muerto, casi me alegré:

¿Para qué vivir si no podía cantar, no podía hablar?

Hermano Luis, pasaste por la farándula sin contaminarte, no te contagiaste con los vicios, la vulgaridad o la envidia que tanto han minado el mundo de los medios.

Nunca te oí hablar mal de un colega y si te defendiste de un ataque injusto, lo hiciste con mesura, con altura.

Fuiste siempre hasta el final un caballero y yo me enorgulleceré siempre de haber sido tu amigo.

Te digo adiós, como a Darío:

Nadie esta lira taña, si no es el mismo Apolo; nadie esta flauta toque, si no es el mismo Pan.

Saludame a Mundaje. Te ruego me recomendés con Terpsícore, diosa del canto y la música.

Por caridad de Dios, decile que siempre traveseo la guitarra y que, aunque nunca aprendí solfeo, tuve buen oído desde chiquito.

El Nuevo Diario, Septiembre de 2005.


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