El asalto de Somoza a los alemanes I parte
(El Nuevo Diario 05 de Enero 2005)

El brazo largo y siniestro de la dinastía de los Somoza no perdonó a ninguno de los alemanes residentes en Nicaragua en la década de los 40. No sólo los humilló y los despojó de sus bienes, sino que les quitó lo más preciado: la libertad.

Y el dictador no dudó en valerse de eso para enriquecerse personalmente, incluso a costa de la mano de obra regalada de ciudadanos alemanes como el ingeniero Julio Fischer, a quien le dio casa por cárcel en Montelimar para que le construyera un Ingenio, dándole a cambio unos míseros 300 córdobas al mes, al mismo tiempo que era prisionero de guerra.

Ese fue el precio que tuvo que pagar don Julio luego de su encarcelamiento en “El Hormiguero” durante 19 días. Fue detenido el 5 de diciembre en León, recién iniciada la Segunda Guerra Mundial, pero salió el 24, en vísperas de Navidad, por la gestión del general José María Moncada, quien era pariente de su esposa de origen nicaragüense.

Durante esos días permaneció hacinado con unos 300 alemanes más, italianos y japoneses, recuerda su hijo, el destacado publicista Róger Fischer. Somoza los convirtió en prisioneros al declararle la guerra a Alemania y Japón y así quedar bien con sus “amigos” de Estados Unidos.

Confiscado y explotado

Don Julio llegó a Nicaragua en 1940 a trabajar en el sector minero como ingeniero. El Gobierno alemán tenía interés en desarrollar inversiones en Latinoamérica, en el área de minas.

Sin ser un agente oficial del Gobierno de Alemania, lo entusiasmó la idea de venir a estas tierras porque aquí podía tener crédito y financiamiento para explotar ese rubro. Así constituyó una Sociedad Anónima con nicaragüenses y alemanes. Uno de los socios era Jorge Fielder, quien vendió la primera planta telefónica en Nicaragua y a quien Somoza le quitó todos sus bienes. Don Julio cayó preso cuando iba a comenzar a explorar la mina en Villa Nueva, Chinandega.

Somoza confiscó todas las inversiones de la sociedad, consistentes en maquinaria y materiales que se utilizan para dicha actividad. Y aunque los bienes familiares no los tocaron porque estaban a nombre de la familia de su esposa nicaragüense, tuvo que vivir en carne propia algo tal vez peor: la explotación laboral del dictador durante los años que duró la guerra.

¿Quién sufrió más? No sé, señala don Róger, al referirse a las vejaciones que tuvieron que soportar los demás ciudadanos alemanes víctimas de Somoza.

Don Róger vivió su adolescencia en la Hacienda Montelimar y padeció las limitaciones impuestas a la familia, que hasta ese momento había tenido una próspera situación económica. Siendo un adolescente, prácticamente se había convertido en otro refugiado de guerra.

“Lancha Cinco Estrellas”

Don Róger señala que los materiales y equipos para el funcionamiento de Montelimar salían de la antigua Escuela de Artes, central de mantenimiento de las locomotoras del ferrocarril y bodegas que almacenaban cuanto uso fuese indispensable para el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua.

“Somoza manejaba el ferrocarril como su propia hacienda; y todo lo que salía con destino a Montelimar se contabilizaba bajo el rubro: “Lancha Cinco Estrellas”, pequeña embarcación de carga y pasajeros que surcaba el lago Cocibolca, como extensión del Ferrocarril, y cuyo valor para el pueblo de Nicaragua, fue tanto o más que un transatlántico de lujo”, recuerda.

“He perdido mi patria, pero he ganado la libertad”

El 8 de mayo de 1945, el gobierno de Alemania se rendía ante las tropas aliadas. Ese día, don Julio, desde este lejano continente, pudo poner fin a su confinamiento en el Ingenio y por consiguiente dar por terminada su “relación laboral” con Somoza.

Había finalizado la guerra y con ella sus años de encarcelamiento y explotación.

Don Róger relata que ese día, mientras su padre lloraba de alegría y de tristeza, le dijo: “He perdido mi patria, pero he ganado la libertad”.

Luego le indicó: “Hemos vivido como prisioneros de guerra, sacrificados, nuestros bienes fueron confiscados y yo empecé a hacer un ingenio azucarero de maquinarias parcialmente destruidas por el tiempo. He hecho de campesinos, obreros especializados. El general Somoza, dueño de Montelimar, me dio Montelimar por cárcel para que le hiciera gratis este Ingenio.

“Hemos vivido vendiendo alhajas de familia y algunos muebles para sobrevivir, pero esto ya se acabó”.

Don Róger relata que en ese momento su padre se acercó a un teléfono de magneto y llamó a Masachapa, diciéndole al telegrafista que le urgía comunicarse con el general Somoza.

Aunque al principio el dictador se negó a hablar con él, pero su voz firme obligó a Tacho a ponerse al teléfono:

“Mi padre descargó toda su adrenalina diciendo: General Somoza, o me manda a la cárcel o me saca del país o me paga como profesional mi sueldo de ingeniero. Ahora soy libre y esta situación se terminó”, le dijo a Somoza.

El tirano le contestó: “No se preocupe don Julio Fischer, a partir de hoy el Ferrocarril del Pacífico de Nicaragua le va a pagar el sueldo que usted se merece”. Segunda Parte

(El Nuevo Diario 05 de Enero 2005)

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