El Chisme

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Hola amigos, agora si les traigo un cuento pa que lo disfruten. Es que con esto del mes de la madre estábamos todos tan ocupados que a duras penas si podíamos llevarles el programa. Bueno, el cuento de hoy se llama “El Chisme”.

Ustedes saben que Chente y la Camila vivían en el Chagüital antes de venirse para Costa Rica. Pues en una ocación en que Chente y su mujer estaban de lo mejor en sus vidas, sucedió esto que quiero contarles.

Ya les he dicho yo en otras ocaciones que la envidia y la mentira nada dejan. Los chismes y las habladurías solo traen enemistades y desunión entre los seres humanos. En este caso sucedió que Chente y la Camila con sus 4 cipotes estaban en su casita del Chagüital, pobres pero felices, viviendo de lo poco que sembraban y de los huevitos que ponían las gallinas. Allá de vez en cuando mataban un pollo para no estar comiendo solo arroz y frijoles.

El único chancho que tenían, se acuerdan ustedes de ese chancho, aquél que vendió la Camila para que Chente se viniera para Costa Rica la primera vez. Bueno, esto sucedió mucho antes que eso. Claro, por la mente nunca se les pasó la idea de comerse aquel chancho, lo querían para una necesidad especial. La Camila le decía a Chente...

Camila: Chenté, el may que sembramos ya está casi de cortar, hay que dejar algo para nosotros y el resto ya lo tengo comprometido con Doña Gumersinda, la que hace nacatamales. Y después que cortemos el may, que vas a sembrar?

Chente: Tengo ganas de limpiar el monte que está a la par del maizal, para ver que siembro, pero con más terreno pa ver si así podemos hacer unos bollitos y reparar la cerca que ya está en el suelo; que decís vos Camilá?

Camila: No es mala idea Chenté, así hasta nos evitamos problemas porque fijate que al otro día, las gallinas se iban a poner los huevos en ese monte y yo ni cuenta me daba. Más bien se los estaban robando los boaqueños. Gente más sinvergüenza.

Chente: Ta güeno, ta güeno, entonces primero voy a ponerme a trabajar en la propiedad de Don Filemón, me pidió que le rozara dos manzanas que se le enmontaron y las va ocupar, ay tenemos esos centavitos de fijo, por lo menos para la comida. Mañana mismo empiezo desde la cinco de la mañana para aprovechar antes que caliente el sol. Que babosada, estamos en pleno invierno pero el sol que hace en la mañana antes de la lluvia de la tarde, es un sol que arde y pica.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Esa era la vida de Chente y La Camila, la vida del campesino nicaragüense. A ver que se consigue para comer y seguir trabajando cada día. La finca de Don Filemón era una finca ganadera. Don Filemón era una de las personas más pudientes del Chagüital, le tenía mucho cariño a Chente y a la Camila y cada vez que podía hay le daba a Chente la oportunidad de ganarse unos chambulines en lo que fuera.

El terreno que Chente iba a rozar (Chapear dicen los ticos) era un terrenos bien montoso, habían muchas culebras de las malas y Chente lo sabía pero era muy conocedor y muy precabido. A pesar de estar enmontado, algunas personas del lugar pasaban por ahí para ir al río a traer agua y para bañarse y hasta para ir a lavar la ropa. Pues, a la madrugada del día siguiente...

Chente: (Gallo canta y Chente se despierta, bosteza y llama a Camila) Camiláaaa, Camíiiila, levantate a hacerme un cafeciiiito.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Chente ya llevava años de rejuntado con la Camila y parece que todavía no la conocía. Cuando Chente se despertó como a eso de las 04:30 de la mañana, ya la Camila estaba con el fogón encendido y el café a punto de derramarse con aquél olorcito a café. Chente sintió el olor y se dio cuenta que su mujer siempre estaba adelantada a los quehaceres de la casa y sobre todo a atenderlo cuando el tenía que salir a trabajar. La Camila le dijo...

Camila: Yay Chenté, parecés nuevo, ya no sabés que yo siempre me levanto antes que vos? Vení comé, hay frijolitos fritos con pepena y cuajada fresca. Bebéte este café antes que se enfríe. Yo voy a ponerme a nezquizar este maíz para hacer tortilla y mandárselas a la Juana Vado, ayer me las encargó, me dijo que le hechara 100 tortillas. Fijate que la Juana se ha dedicado a venderle comida a los piones de Don Filemón y le ha ido bien. A 8 córdobas les vende el plato de arroz con frijoles, tortilla, queso y un vaso de chiha. Más que suficiente. Hasta yo salí ganando.

Chente: A ta güeno, ta güeno; pero, por qué 100 tortillas, yo no creyo que coman tantos piones, muchos de ellos trayen la comida de sus casas.

Camila: Siiii pero, los que compran comida casi siempre piden dos tortillas. Dice la Juana que algunos se comen hasta tres tortilla y ella se las cobra por aparte.

Chente: A ta güeno, ta güeno, me parece, guena ideya la de la Juana. Lástima que no nos dimos cuenta nosostros primero y nos hubiéramos quedado con ese negocio.

Camila: Que importa Cheeente, para todos da Diós, esa pobre mujer es sola y estaba pior que nosotros, ahora la pobre está felíz porque ya tiene para darle de comer a sus cipotes.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Esas eran las conversaciones de Chente con la Camila, Chente se voló todo lo que la Camila le había servido y hasta repitió frijoles con pepena con el cuento de que le había sobrado tortilla. Después de comer se atipujó de un solo el café que le había quedado en la cumba y se fue al brocal del pozo, dejó caer el balde y lo jaló, lo puso en el brocal del pozo, metió la cabeza en el valde para beber agua y se enjuagó y tiró el agua encima de unas gallinas que salieron corriendo al caerles el agua.

En después se fue al escusado de pon pon, eso era fijo en Chente después de comer. Salió del pon pon y de nuevo se fue al valde que estaba en el brocal del pozo y se enjuagó las manos, botó el agua que había quedado en el valde y lo volvió a poner. La Camila ya le tenía preparado el morralito para que se fuera a trabajar, ya eran casi las cinco de la mañana. La Finca de Don Filemón estaba como a dos kilómetros pero Chente no iba a pata, iba en su caballo y en un dos por tres llegaba a la finca.

Chente: Indio comido, puesto al camino, me voy Camilá. Este machete me quedó que con solo el reflejo corta. Que buen molejón ese que me traje de Chontales. Ya me preparajte el almuerzo?

Camila: Uuhhh. Que años que está listo.

Chente: Y qué me preparastes?

Camila: Nada Chenté, no seas necio, vos siempre querés saber que te preparé. Mejor que sea una sorpresa, a la hora de comer ay te vas a dar cuenta.

Chente: Tenés razón Camilá, si yo me doy cuenta que es lo que llevo no me aguanto las gana y me lo como antes de la hora, mejor que seya sorpresa a como decís vos.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Y se fue Chente, le dio un beso a la Camila y le dijo que cuidara a los muchachos, que los pusiera a limpiar el zacate del maizal y que no los dejara ir al río porque con los últimos aguaceros era peligroso una crecida que se los pueda arrastrar.
La Camila se quedó viendo al hombre que se alejaba en su caballo en los primeros resplandores de la mañana. Todavía estaba oscurito cuando Chente se fue, era para esa época del año en que el sol sale tarde y solo se ve como apenitas el cielo se empieza a manchar de un color que pareciera un gris claro. Chente llegó a su lugar de trabajo, se bajó del caballo y caminó hacia un palo de jocotes y puso a la orilla del tronco su moralito para cuando fuera la hora del almuerzo.

En su caballo llevaba también esa vara que usan los que rozan para sostener el zacate antes de pegarle el machetazo. Y ni corto ni persozo empezó a rozar aquel monte que estaba bien alto, ah, eso sí, con cuidado de no pisar una culebra, pues en ese lugar las culebras abundaban.

Poco a poco algunas personas empezaron a pasar rumbo al rio o a la finca de Don Filemón. El que iba pasando saludaba a Chente y le daba los buenos días.

Perona 1: (Mujer) Buenos días Chenté, no trabajés tanto que te vas a gastar. !Ay los vemoj!

Chente: Adiós, adiós, Guenoj diyas, que Diós me la acompañe. Saludes a Remigio.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): En eso pasaba Chente, entre trabajar y saludar pues todo mundo lo pasaba saludando. Una de las personas que pasaba por ahí era una mujer jóven, hermosa, era nueva de vivir en la zona. Lucía se llamaba la mujer. Esta nueva vecina no dejaba de causar algún tipo de malestar entre las mujeres del Chagüital pues no dejaba de ser admirada por los hombres del pueblito.

La Lucía lavaba ropa en el rio y para llegar por fuerza tenía que pasar por donde Chente estaba rozando aquel predio montoso y...

Lucía: Adiós Don Cheeeeente.

Chente: Adiós Lucillita, y como están tus cipotes?

Lucía: Pues bién, ayer casualmente los purgué con aceite de castor, estaban llenos de lombrices, si viera los motetes de lombrices que echaron.

Chente: Contame, y tu marido?

Lucía: Ay ni me lo recuerde, lo malo es mejor ni recordarlo, ese zángano se quedó con la querida que tenía en La Libertad, mejor ni me lo mencione que me dan ganas de matarlo solo de acordarme.

Chente: Perdón, perdón, bueno no te atraso más Lucillita, a yo también tengo mucho que hacer y me estoy atrasando.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Eso que Chente platicó con la Lucilla Romero fue suficiente para que una vecina que los oyó le fuera con el cuento a la Camila, y ojalá a contarle lo que oyó, que vá, a contarle más de la cuenta y hasta inventar cosas que Chente nunca dijo. Ese día Chente como de costumbre terminó como a las dos de la tarde, el no trabajaba después de las dos por dos razones, una porque casi siempre caía un aguacero por la tarde y la otra porque en la casa siempre había algo que hacer y había que repartir el tiempo de las ocupaciones.

Ese día chente regresó a su casa, normal, el no tenía nada que esconder, no estaba haciendo nada malo. Lo raro es que cuando llegó la Camila no le puso mente, hizo como si ni lo hubiera visto.

Chente llegó, se bajó de su caballo, limpió y afiló el machete para que estuviera de tiro al día siguiente, lo colocó con todo cuidado en su vaina y lo guindo en el mismo clavo que lo guindaba siempre. El notó la actitud de la Camila pero no le dijo nada porque en ningún momento pensó que la Camila estuviera pensando malas cosas de el.

El lavandero de la Camila era una piedra plana que Chente había acarreado desde otro lugar del rio en donde se la encontró y se la había colocado cerca del pozo a la Camila para que ella lavara la ropa y que al mismo tiempo le quedara cerca del pozo. Si hasta le había hecho su buena base de piedras para que le quedara a ala altura de ella.

A la orilla del lavandera había un barril viejo. Chente se puso a jalar agua del pozo y de valde en valde fue llenando aquel barril para cuando la Camila fuera a lavar que no tuviera que jalar el agua.

Después de jalar el agua, chente se lavó las patas y se las secó con una tualla floriada que estaba guindada en un alambre del patio.

Se fue a donde la Camila que estaba desgranando unos elotes y le dijo...

Chente: Me podés hacer un cafecito, Camilá, está haciendo frillo y hoy me remojé todo. Que no ves que con la lluvia de anoche ese predio era un lodazal y el monte estaba empapado. Mirá como tengo los dedos de las patas, si parecen pasas todos arrugados de aguantar agua y frillo.

Camila: (Seca, indiferente) Ay está el café ya hecho, servite que yo ahorita estoy muy ocupada.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Chente volvió a sentir algo que no era normal en la Camila, sin embargo, todavía no caía a la cuenta que a la Camila algo le pasaba. Mientras pelaba y desgranaba aquellos elotes, la Camila los iba echando en una tina de lata. Una mala vecina lengua larga le había ido a meter cuentos y la Camila sentía por dentro que la sangre la quemaba de la rabia de los celos y conforme desgranaba dejaba caer el maíz como con cólera y se oia el ruidaje en la tina.

Chente, inocente se tomó su café y buscó algo para comer y no encontró más que un pedazo de guineo cuadrado cocido. Le untó sal y se lo comió. La Camila con disimulo lo miraba de reojo mientras pensaba...

Camila: (Pensando) Qué lépero este rejodido, si pareceiera que no quiebra un plato. Hipócrita. Aquí es un caramelo (Imitando la voz de Chente) Mi cununuy, mi puchunguita, taimado de la porra. Y la mama lo cree un santo, si supiera la vieja esa el degenerado que tiene de hijo, (Con cólera pero siempre pensando) Ahhhhyyyy, si es que me daba rabia, de mil ganas lo garrotiaba.

Chente: (Llamandola) Camiláaaa, juuuuú, tengo hambre, no sias ingrata Camilita, que no vej que vine todo rempapado. Haceme en que seya unas tajaditas de guinello con gallopinto y queso.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Ante tanta insistencia de Chente, la Camila se levantó de mala gana, así como quien no quiere la cosa. Tiró con fuerza el elote que tenía en la mano que sonó bien fuerte en el fondo de aquella tina de lata. Chente no dijo nada pero empezó a notar que algo no andaba bien, que la actitud de la Camila ya se estaba pasando de la raya. Muy centrado Chente se carraspió la garganta antes de preguntarle...

Chente: Estás enferma Camilá, te noto así como medio acelerada, como deleutrica. Necesitás que te prepare algún remedio?

Camila: a mi no me pasa nada, vos estás chiflado. Donde quiera andás viendo fantasmas y santos que orinan. Que maña la tuya. a ver; qué jodido querés comer?

Chente: Yay, lo que vos querrás darme Camíiiila, que voy a estar pidiendo gusto si no te veyo tan voluntariosa. Además que me estoy muriendo del hambra.

Camila: (Murmurando) Por que no le dice a la pendeja esa que le cocine. ¡ Que vá! Si la pendeja soy yo que le estoy dando de hartar para que otra lo disfrute.

Chente: Qué estás diciendo Camilá?

Camila: Nada niño, aquí yo hablando sola como las locas. No sé por qué jodido no me has ido a meter al manicomio. Que ganás con vivir con una loca?

Chente: Calmate cununuy; a qué horas te he dicho yo que vos sos loca? vos fuiste la que dijiste que ya estabas loca.

Camila: Ay si, si, si, ya. Allí está tu hartazón, comé y dejame desgranar ese maíz, que a mi nadie me ayuda con los quehaceres.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Ahora si que Chente había quedado más enrredado que un gargajo en una escoba. Era la primera vez desde que se casaron que la Camila se le ponía en ese plan. Cogía la comida con el tenedor sin volver a ver el plato. Tenía la mirada perdida en el horizonte tratando de encontrar una respuesta a lo que estaba pasando.

Chente: (Pensando) No será que está panzona y los achaques la tienen histérica? Pero entonces, por qué no me lo dice? Que jodido, me dejó los frijoles todos aceitosos, la tortilla está frilla y el pinol es una miel de dilzudo.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): A Chente ni por broma se le cruzaba por la mente que la Camila estaba celosa. La Carmen Pérez, la esposa del alcalde que también pasaba por donde Chente trabajaba, había visto cuando Chente se palabriaba con la Lucía Romero. Ya les había dicho antes que ella fue la que le llevó el chisme a la Camila, pero no se lo llevó simple, se lo llevó compuesto, bien arregladito y con todos los agregados que a ella le dio su regalada gana.

Y es que amigós, como hay gente chismosa en este mundo. A la mañana siguiente, Chente se levantó como de costumbre. Por suerte los gallos lo levantaron porque si no pasa recto. Esa mañana la Camila no se levantó a atenderlo a como lo hacía todas las mañanas que se levantaba antes que el. Ese día Chente se fue sin desayunar porque ya se le había hecho tarde, ni siquiera se tomó su jicarita de café negro. Agarró su machete, se subió a su caballo y salió rumbo a su jornal. Al ratito de haber empezado pasó la Carmen Pérez y le dijo...

Carmen Pérez: (En tono de burla) Cómo dormiste anoche Chenté? te veyo pálido. No trabajés mucho que te vas a gastar (Se aleja riéndose con burla)

Chente: Ora si que se robaron el candado del portón del manicomio, todo mundo anda como loco, o a lo mejor el loco soy yo pero no entiendo nada. ¡ Que oscuro que amaneció el diya, pareceiera como que se va a venir un Chimbo diagua. Voy a apurarme para avanzar porque si empieza un aguacero hasta allí llegué. Esto se hace un chacuatol. Al otro diya le dí un machetazo a una pobre tortuguita que estaba entre el monte. ¡ Que babosada ¡

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Lo que Chente menos se imaginaba es que la Carmen Romero que se las daba de jai lai porque era la esposa del alcalde, era la Tula Cuechos que le había carboniado a la Camila con invetos. Sí, inventos, porque la Lucía Mendoza, la mujer bonita y hermosa que pasaba saludando a Chente, lo hacía al igual que lo pasaba saludando todo el mundo.

Lo que pasa es que la Lucía en más de una ocación se detuvo a hablar con Chente pero era porque ella se metió a vivir en la casa que desocupó la difunta Teresa. La casa era de adobe pero tenía un patio bien grande que estaba bien enmontado. Y al ver que Chente trabajaba en eso ella le estaba pidiendo que si el no le podía hacer el trabajito de limpiarle el patio trasero después que terminara con el predio de Don Filemón. Eso era todo, ahí no había nada de romance. La tapechancho de la carmen vió pero sin oir nada entonces inventó lo que ella quiso.

La Camila por su parte estaba que se moría de los celos, pero cometió el error de no preguntarle nada al marido, sino que se dejó llevar por esa actitud negativa. El día estaba metido en agua, el cielo estaba negro negro como pizarra. El viento empezó a soplar con juerza y botó ramas de los árboles, era como un huracán. El frillo era tremendo se empezaron a oir los truenos con unos relámpagos de lado a lado en todo el cielo.

Chente se enderezó de su labor, limpió su machetes en el zacate y le metió en su vaina. El aguacero empezó a caer como un diluvio. La gente que estaba en el rio empezó a correr a sus casas de regreso y Chente con toda la calma se puso a acomodar la albarda de su caballo que lo dejaba amarrado en el palo de jocote.

De pronto, un rayo fulminante cayó y todos los que iban corriendo vieron como Chente cayó junto con su caballo. El palo de jocote quedó partido en dos y se calmaron los truenos y relámpagos, solo la lluvia fuerte siguió cayendo sobre el cadáver de Chente y su caballo.

La noticia no se hizo esperar, alguien corrió a avisarle de la tragedia a la Camila y esta llegó corriendo, pegando gritos como desesperada y se tiró pegando gritos de dolor sobre el cadáver de su Chente.

Camila: (Gritos muy fuertes con llanto) Por qué, por qué, por qué telo llevaste?

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Chente Potosme había quedado tendido junto a su caballo, ese animal que más que animal era un amigo que lo había acompañado por varios años. Ahora la Camila gritaba desconsolada por la pérdida de su marido. En el fondo de su corazón había mucho dolor y angustia. Los curiosos se arremolinaron para ver aquello y entre los curiosos de repente apareció la figura de la Lucía Romero, se paró a la orilla del cadáver y de la Camila y quedó viendo a Chente y a la Camila, de pronto hizo la mirada hacia un lado y entre los curiosos vió a la Carmen Pérez que trataba de esconderse entre unos chavalos del pueblo.

La Lucía era mujer de poco hablar pero cuando habalaba lo hacía por derecho y ni corta ni peresoza alzó la vos sobre la multitud y dijo.

Lucía: (En vos alta) A ver Carmencitaáaaa , Vení por favor,

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Al oir este llamado, la Carmen Pérez se puso verde, y trató de hacerse la disimulada, pero la Lucía volvió a llamarla.

Lucía: No te me hagas la chancha, vení que es con vos que estoy hablando, (Dirigiéndose a la Camila). Vea Doña Camila, en primero lugar siento mucho lo que pasó con su marido. Pero creo que es mi obligación aclararle delante de toda esta gente y delante del cadáver de su marido, que entre su marido y yo lo único que ha habido es una plática de trabajo. Me dí cuenta por por gente del pueblo que esta tapuda le ha metido cochinadas en la cabeza a usted de su pobre marido y de mí. Le claro esto nomás para que sepa la clase de amistades con las que ustedes se mete. No crea que porque es la esposa del alcalde puede decir lo que a ella le deé la gana. Vea (Señalando a otros vecinos) esta señra, este chavalo, Don Carmelo, todos ellos me vieron hablar con Don chente y ellos son testigos de lo que hablamos. Lo siento mucho. Ojalá que el muerto hubiera sido la tapuda esta yno su pobre marido.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): La Camila sintió doble dolor, la muerte de su marido y el cargo de conciencia de no haberlo atendido como la buena esposa que siempre fue. Le quedó ese remordimiento, y todo por una lengua viperina. Así es amigos, a como dicen los ticos, no comamos cuentos. Eso es todo amigos.


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