Para mayor información escríbanos : pedrosar@touring-costarica.com

El Radio

Sépase pues que si lo perdono no es por su linda cara, es porque si usted cae, a mi me perjudica también. Tome estos reales y vaya adelantando, cómprese un litro de guaro y dos nacatamales. Recuerde que mañana es sábado y no quiero andar pegando carreras a última hora.

Chente tomo los veinte pesos que le dió Pedro, los dobló hasta quedar en una pequeña fajita de papel, se quitó la gorra y los metió en un compartimiento secreto por si lo asaltaban. La nacatamalera estaba llena de gente del barrio esperando que la Domitila Guerrero los despachara. Esperó su turno pacientemente hasta que la Domitila, sin volverlo a ver le dijo; - ¿Y vos cuántos vas a llevar? – Dos, solo dos –. Con un alambre grueso y negro por el uso, la Domitila pescó dentro del agua mantecosa uno por uno los dos nacatamales, agarró una tira de burío y magistralmente los ensartó como si fuera a hacer un collar de nacatamales.

Chente pagó con el billete de veinte y la domitila le dijo - ¿No tenés uno más pequeño? Vos lo que venís es a cambiar billetes – No, solo ese tengo – respondió. – Argentináaaa, andá cambiame este billete a la gasolinera, decile a Chico que me haga el favor, que es para dar un vuelto.

Pedro se asustó pero el susto no le duró mucho, renovó la confianza en sí mismo y sacó la banca celeste para el patio, la puso debajo del palo de mango y preguntó a la Cheba que dónde había puesto la mesita enlozada de la Cerveza Victoria, la que tiene patas de hierro. La Cheba se encaramó en un montón de chunches que estaban apilados en el rincón del patio y trajo la mesa, la limpió con un trapo igual o más sucio que la misma mesa y la colocó propiamente frente a la banca celeste debajo del palo de mango.

Los perros ladraron y la Cheba supo que alguien había llegado – Es Chente, dijo Pedro – y la Cheba quitó el alambre que sostenía el portón podrido del zaguán. El olor de los nacatamales hizo que los perros se le quisieran encaramar a Chente y este tuvo que subir los brazos lo más alto posible para que los perros no los alcanzaran.

¿Y qué? dijo la Cheba, y solo ustedes se van a hartar; ¿Y yo qué? ¿Solo dos nacatamales pues? – Si no son para comer, son solo para bocas, dijo Pedro - ; que no ves que voy a cerrar un negocio con Vicente y ahorita viene para echarnos unos traguitos.

Vicente Carranza era el único panadero del barrio, extrañamente le daba crédito a Pedro, cosa que no hacía con nadie más. A las dos de la tarde de aquél viernes, Vicente se apareció con una botella de Flor de Caña en las manos, y como de costumbre fue anunciado por los perros. La Cheba lo hizo pasar adelante, y después de los saludos de rigor se sentó en la banca celeste que estaba debajo del palo de mango. Un olor a caca muy concentrado llegaba de vez en cuando, pues el excusado estaba a solo unos metros de ellos. La Cheba preguntó si se les ofrecía algo más y, secándose las manos en el delantal dio la vuelta para atizar el fuego en donde había puesto a cocinar unos frijoles.

Era verano y el viento botaba hojas que caían sobre el nacatamal que estaba abierto sobre la mesa. Chente se metió a orinar en el excusado y luego sacó agua del pozo para lavarse las manos. Ordenó la leña que estaba regada por todos lados y amarró a la perra porque esta quería parase en dos patas en la mesa en donde estaba el nacatamal.

Vicente le dijo a Pedro que guardara el guaro para después y que se diera el gusto de tomar Flor de Caña. Aprovechá Macario que esto no es diario le dijo, y sirvió las copas hasta el borde. Depués de probar el nacatamal, se chupó los dedos y preguntó; ¿De dónde son estos nacatamales? están riquísimos, y aclaró, no estoy bolo, mirá que solo me he echado un trago, pero de que están ricos están ricos. Pedro se puso el dedo índice de la mano derecha doblado en su boca y pegó un silvido bien fuerte, Chente llegó rápido al llamado y preguntó qué si se había soltado la perra.

- Este es tu perro fiel – dijo Vicente, refiriéndose a Chente. A ver hombré, dijo Pedro dirijiéndose a Chente, decile a Vicente en donde compraste los nacatamales. -Donde la Eudomilia, y me regaño porque le pagué con el billete de a veinte-.

Vicente se metió la mano a la bolsa, sacó un billete de cincuenta pesos y le dijo a Chente; pues la vamos a arrechar más, andá y comprate otros cinco nacatamales, uno para vos, uno para la Cheba, otro para seguir bebiendo guaro y dos que me llevo para la casa.

____ ***_____

Cuando el hojalatero del barrio se envenenó con ácido muriático aquella mañana de Semana Santa, el ambiente se hizo más triste que de costumbre. Don Rodrigo era trabajador, callado, no se metía con nadie, se sabía de él, sólo al pasar frente a su taller y verlo sentado, entregado a la manufactura de todo tipo de chunches hechos de lata y soldados a mano con plomo. Era muy gordo y se sentaba en un taburete de cuatro patas con unas cintas de cuero de vaca para que lo pudiera aguantar. A pesar de no tener amistades, todo mundo fue a su entierro pues se le quería como parte de la familia del barrio. Su viuda no sabía que hacer con aquél chunchero y lo mal vendió para empezar un negocio que ella pudiera hacer y que conociera muy bien. Así fue como empezó a criar chanchos y a matarlos para hacer nacatamales y vender todos los derivados del chancho.

El negocio de la Eudomilia se hizo famoso, no solo en su barrio sino en los barrios aledaños, venían gentes de todas partes a comprar los nacatamales de la Eudomilia.

Los zanates tocaban su clarín en las ramas del palo de mango y hacían que más hojas cayeran sobre Vicente y Pedro, que ya estaban adentrados con la Flor de Caña, a la que solo le quedaba un trago.

En el suelo, esparcidas y deshechas por los perros, los restos de las hojas de chagüite de los dos primeros nacatamales. Vicente no se dio cuenta por los tragos, de que un zanate se cagó en su sombrero. Soplando el fogón con la tapa de una porra, la Cheba lagrimeaba por el humo y se oía el chisporroteo de las brazas.

Dos policías del comando pasaron al frente de la casa y se detuvieron para mirar hacía adentro, vieron a Vicente Y Pedro tomando en el patio y siguieron su camino. Chente tomaba agua con un guacal del valde que estaba en el brocal del pozo y sin dejar de beber vio de reojo a los policías hasta que estos se alejaron.

Pedro se hizo el disimulado y mientras Vicente se echaba un pedazo de tocino con masa de nacatamal a la boca, miró rápidamente a Chente agarrado del mecate del pozo.

Una ráfaga de viento levantó una polvareda y llenó de tierra el nacatamal abierto, lo que hizo que Vicente pronunciara una maldición mientras se servía otro trago.

No había llovido en cuatro meses y la tierra se reventaba de reseca, el sol calcinaba el lomo de cualquiera que se atreviera a salir sin protección. Los zanates aterrizaban en las orillas de las calles para tomar agua de los charcos que formaban los lavanderos de las casas y que por falta de alcantarillado iban por el suelo hasta la calle.

Cuatro veces más tuvo Chente que ir por más guaro y más nacatamales para aquellos dos que nunca se acordaron para qué era que se habían reunido. La Cheba salió del baño con sus chinelas de gancho y el pelo empapado, olía a jabón de lavar ropa, que era el mismo jabón que usaban para bañarse. Le dió una patada al perro que se había echado en la entrada de la puerta y se metió, no sin antes hacer señas a Pedro para que despachara a Vicente.


El radio no vale eso

En Campo Bruce, el sol no calentaba menos que en los otros barrios, todos los árboles habían botado las hojas y solo las pitahayas de los muros de bloque permanecían verdes pero llenas de una capa de polvo que las hacía verse grises.

- Es Phillips, agarra otros países y es grande –

Si pero es robado, más de 200 pesos no te ofrezco, si no te parece andá buscate a otro que te lo compre, dijo Julián.

A Chente no le importaban los doscientos pesos, sino que Pedro creyera que le habían dado más y que le estaba robando. Tomo con recelos los dos billetes de cien y repitió la ceremonia de doblarlos uno por uno hasta hacerlos una tira de papel que se acomodara en el compartimiento secreto de su gorra. Se arrimó al quicio de la puerta para sacarse la piedra de un zapato y se fué con una rama de jícaro en la mano por si salían perros en el camino.

- El radio no vale eso- pensaba, pero solo Julián compra cosas robadas, si Pedro no me cree, que venga el mismo y le pregunte.

En la “Venta Nueva” (pulpería) del barrio San Luis, Luis, el hijo de la dueña, examinaba la cara de todos los que llegaban a comprar, hubiera querido ser adivino para saber quien se había metido a robar la noche anterior cuando se les robaron el Radio Phillips que habían comprado en Casa Sengelman en ochocientos Córdobas, en abonos de 35 pesos y luego de haber dado una prima de cien pesos.

Vicente necesitaba que Pedro le hiciera un arreglo general al techo de la panadería, pues las pedradas de los chavalos y las jugarretas de sus hijos que se encaramaban al techo, habían quebrado muchas tejas. Los agujeros en el tejado dejaban pasar rayos de luz por toda la panadería, y si el invierno llegaba, el agua se iba a pasar y podría arruinarle los sacos de harina arpillados en la bodega principal.

Embrutecido por el alcohol, Vicente juraba que nadie en diez barrios a la redonda hacía mejor pan que el, que el secreto era una formula heredada de sus tatarabuelos que eran los mejores panaderos venidos de España para fabricar pan en su Panadería de la Vieja Managua de 1876.

Aseguraba que el pan de sus tatarabuelos se lo venían a comprar solo las mejores familias de aquél entonces, que no era pan para pobres, que los pobres solo comían guineos.

Pedro sabía que era buen negocio ponerle atención, nada le costaba oírlo pues después de él nadie querría hacerlo, se le consideraba un tipo engreído y grosero, desalmado y usurero. Es por esta razón que Pedro era la única persona que gozaba de crédito en la panadería San Luis. Los tragos los habían hecho amigos de bebederas ocasionales debajo del palo de mango.

Se lo regalo

Loca, borracha y en andrajos, la Chila Bonilla pedía que le regalaran para comprarse un trago. Nunca le hizo mal a nadie, nunca se supo que robara, su delito era ser borracha. Dormía en las calles y se burlaba de cuanta persona pasara delante de ella. Estaba loca de remate.

En 1948, mientras lavaba ropa en el lago de Managua, la cuartería en donde vivía se incendió y murieron quemados tres de sus cuatro hijos, solo Chente sobrevivió y se volvió loca desde entonces. Gritaba por la calles con aquella criatura en brazos y decía que el fin del mundo estaba cerca, que todos íbamos a morir quemados.

El padre de la Iglesia de San Luis intervino para quitarle aquella criatura desnutrida. Las monjas lo alimentaron y sanaron su cuerpo lleno de granos y sus ojos, infectados por bacterias, hacían que sus párpados se pegaran. Al principio la Chila se resistió, pero en su locura y su instinto de madre que quiere conservar el futuro de un hijo, le dijo al padre,”Se lo regalo”. Un día la Chila amaneció muerta, intoxicada con alcohol puro, murió con los ojos bien abiertos mirando al cielo y una botella de alcohol en su mano derecha.

Haciendo zig zag y hablando solo, Vicente se levanto de la banca celeste que estaba debajo del palo de mango y se puso el sombrero con caca de zanate para irse a su casa. ¡Andá acompañalo! dijo la Cheba a Pedro, ¡Ese no sabe ni quien es ahorita!

Pedro, buen tomador, indio de nacimiento, puso el brazo sobre su hombro y caminó con el por la calle cuando el sol ya solo era una raya anaranjada en el horizonte.

Que los fusilen

Luis golpeó con los nudillos el escritorio del comandante y lo conminó diciendo, ¡Que los agarren y que los fusilen!

El comandante tomó nota, no sin antes sentenciar que si volvía a tocarle el escritorio el preso iba a ser él. ¡Sargeeeento! Que registren casa por casa todo el barrio hasta que den con ese hijueputa radio.

- A sus ordenes mi comandante – respondió el sargento, y tomando su rifle Garand salió de la oficina.

La guardia hizo alarde de violencia en varias casas, desbarataron puertas y quebraron muebles buscando el radio robado.

Cuando llegaron a la casa de Pedro, este estaba recostado en una silla leyendo una novela de vaqueros, dejó de leer para atender a los policías y dijo:

Y yo para qué quiero un radio? si en este barrio los chismes llegan más rápido que las emisoras.

Los policías, además de registrar la casa, revisaron bien el patio para ver si encontraban huellas de algún entierro reciente. Vieron un poco de tierra suave y empezaron a escarbar, solo encontraron basura quemada y se retiraron, no sin antes advertirle a Pedro que si él estaba involucrado en algo le iban a arrancar las uñas una por una con un alicate.

Cuando Vicente logró sobrevivir a la borrachera del día anterior, mandó a llamar a Pedro para encargarle el trabajo de la reparación del entejado. El ruido de los trabajadores haciendo pan no los dejaba conversar y se salieron al patio para hablar del asunto.

¡Fuego es lo que va a llover ¡ dijo la Engracia, ¿Que no ves que ya más bien parece que estamos en el infierno? Yo no creo que llueva ni en dos ni en tres meses. Ya ni pan quiere la gente, el negocio es vender hielo en estos tiempos.

Vicente la ignoró y ultimó detalles con Pedro mientras le daba dinero para la compra de una carretonada de tejas nuevas.

La zaranda era un desvencijado camión de la guardia en el que se llevaban a los presos para la cárcel. A Chente lo agarraron en el billar de los Martínez, no por ladrón sino por vago, lo metieron en la zaranda de un solo empujón y lo llevaron a la cárcel y lo metieron junto a otros presos sospechosos del robo del radio.

----------- o ------------


El capitán Alegría disfrutaba la tortura a los prisioneros, era sanguinario y se mofaba de haber perdido la cuenta de cuantos muertos llevaba a cuestas. El sobrepeso no le impedía asistir a los castigos que personalmente ordenaba se ejecutaran. En una ocasión se entristeció porque un prisionero murió por tantos golpes. No le entristeció en sí la muerte del prisionero, sino el hecho de que no aguantara mucho y se muriera tan rápido dejándolo con deseos de ver más sufrimiento.

La Dominga, su mujer, se ufanaba de vender al precio que a ella le daba la gana sin que nadie se atreviera a denunciarla, era la pulpería más grande de San Luis “ La Venta Nueva” y en la que nadie se daba el lujo de llevar fiado porque no se fiaba.

Nadie se compadeció de ella cuando al Capitán Alegría lo emboscaron al pasar con su jeep y dos escoltas por el potrero de los Morales. Los acribillaron a balazos y a el le abrieron la panza como a un cerdo para que las tripas se desparramaran. De no ser porque alguien dio aviso a las autoridades, los zopilotes hubieran acabado con aquel montón de tripas.

Un radio era un lujo reservado solo para los pudientes en aquella época, y La Dominga era una de ellas. Más por razones de referencias comerciales que por razones económicas, el radio lo habían sacado al crédito en contra de la voluntad del capitán quien prefería comprar todo de contado con el dinero que le incautaba a los prisioneros.

Del radio nunca se supo nada, Julián se lo vendió a un comerciante hondureño en trescientos setenta y cinco Córdobas y este se lo llevó para Tegucigalpa y estaba demás buscarlo en Managua. A Pedro la sangre se le hizo agua, se puso verde del susto cuando supo que a Chente se lo había llevado la zaranda. - Si este animal habla soy hombre muerto - se repetía, y solo volvió a la vida cuando vio de nuevo a Chente quitándole garrapatas de la oreja a la perra en el patio de la casa, fue entonces cundo le dijo... Sépase pues que si lo perdono no es por su linda cara, es porque si usted cae, a mi me perjudica también.

Pedro había advertido en varias ocasiones a Chente que no fuera al billar de día, pues la zaranda siempre hacía redadas, especialmente en esos días que andaban buscando el radio.


Síganos en Facebook
Regreso a la página principal

Si no eres miembro de Facebook, entonces comenta aquí
Escriba su comentario

Para mayor información escríbanos : info@nicaragua-actual.info


Consuelo Espinoza Talavera

|Cuentos y Leyendas de Nicaragua | Cuentos de miedo | Cuantos nicas | Cuentos de ceguas | Cuentos de la mocuana | Cuentos de chanchas brujas | Cuentos de Pancho Madrigal | Leyendas de los pueblos | Leyendas y tradiciones nicaraguenses | Cuentos de nuestros abuelos | La narrativa nicaraguense | Cuentistas de Nicaragua | Cuentos de aparecidos | Cuentos reales y ficticios | Cuentos imaginarios | El cadejo | La carreta nagua | La carreta sin bueyes | El padre sin cabeza | La llorona | Cuentos de mi tierra pinolera | Cuentos pinoleros | cuentos de nuestros indígenas | Cuentos de nuestros antepasadaos | Cuentos de niños perdidos | Cuentos de brujas | Cuentos de cementerios | Cuentos de duendes | cuentos de sisimiques | cuentos de zizimiques | cuentos de sizimiques | cuentos de zisimiques | los sipes | los cipes | los zipes | El jinete sin cabeza | Pancho ñato | Pancho Ñato | Pancho Nato | La botija | Cuentos de botijas | Cuentos de entierros | Cuentos de muertos que salen | Cuentos de espantos | Cuentos de resucitados | Cuentos de Fernando Silva | Por los Caminos van los campesinos | Cuentos de Nacho Pastrán | Cuentos de ancianas | Cuentos de encantos | Cuentos de encantados | Cuentos de jugados de cegua | Jugados de segua | Cuando la Cocoroca canta | El canto del güis | El canto del guis | El macuá | El pajaro macuá | El mapachín | Cuentos de embrujados | Cuentos de monas embrujadas | El almendro de onde la Tere | Cuentos de gringos | Cuentos de comadres | Cuentos de compadres |