El Espanto del Guácimo Renco

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Hola amigos. Les saluda su amigo Nacho Pastrán para llevarles otro cuento pinolero. El cuento de hoy sucedió allá en Santo Tomás del Nance, un pueblito fronterizo con Honduras. Ahí vivía un hombre muy querido del pueblo, hombre trabajador como todo buen nicaragüense.

Ahí en Santo Tomás se contaba la historia de un espanto que por las noches asustaba a todo aquel que con razón o sin razón le agarraba la noche y tenía que pasar por un enorme palo de guácimo. Era famoso el lugar y el espanto.

Resulta que Don Cosme, viejo habitante del lugar sabía bien la historia. Allí en el camino lodoso de Santo Tomás estaban los restos del difunto Pacheco García de quien se dice que era el espanto.

En el lugar había una cruz negra que se había puesto verdosa, lamosa por el tiempo, era todo lo que quedaba de aquel célebre bandido que asolara en otros tiempos las comarcas y haciendas de aquel lugar. Diez años tenía de muerto, pero con todo y eso, el recuerdo de aquel hombre siniestro todavía estaba en las mentes de los humildes y sencillos campesinos de la comarca de Santo Tomás.

El alma de Pacheco García vaga por las noches en el llano. Esa era lo que se decía por todos los ranchos y haciendas del lugar. Nadie intentaba cruzar el llano de noche, temerosos de encontrarse con aquel espanto, y si a alguien le agarraba la noche, mejor se quedaba a dormir donde algún amigo o pedía posada a alguien del pueblo mientras amanecía para seguir al día siguiente. La cruz del muerto estaba al pie de un guácimo gacho, y de allí la gente cogió en llamarle "El Espanto del Guácimo Renco".

"Es algo que pone los nervios de punta, la carne se le pone a uno como carne de gallina al oír aquel gemido y ver aquella luz", me decía Doña Mercedes, una anciana, parienta de don Cosme. Y esa misma noche que ña Mercedes me contó lo del espanto, también estaba don Cosme, viejo noventón, y uno de los supervivientes de aquellos días en que el temible Pacheco García pasaba por sus viviendas como un huracán devastador. Era cruel y despiadado este hombre. Don Cosme me hizo señas para que me acercara y me dijo...

Don Cosme: "Vení Pastrán, vení, acercate que yo te voy a contar la verdadera historia de este espanto. Eso sí, jurame que nunca se lo vas a contar a nadie. Sos la única persona a quien se lo voy a contar porque sé que sos hombre de confiar. Yo la sé mejor que naiden" la historia de "El Espanto del Guácimo Renco".

Pacheco García era jefe de una cuadrilla de veinte salteadores. Aquellos días de guerrillas y bandoleros se vivían con el Credo en la boca. Era en el tiempo en que aquel otro sanguinario que se llamara Pedrón Altamirano, hacía de las suyas en los humildes pueblos segovianos.

Las haciendas eran continuamente saqueadas; era en la época en que la vida de un caballo valía más que la de un cristiano. Pacheco García, cierto día tuvo un disgusto con Pedrón; de ahí vino que se separaran, llevándose en su separación a veinte de los más empedernidos asesinos.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Santo Tomás del Nance, aquel humilde pueblito enclavado en las inmediaciones de la frontera hondureña, era víctima de aquellas bandas de salvajes, y allí en las afueras, como a dos kilómetros, don Cosme tenía su finquita. Pacheco García, nunca fué capturado por las fuerzas del Gobierno; conocía la montañas de la zona y las de los alrrededores como sus propias manos. El dominada y sembraba el pánico en toda la región. Esconderse de las autoridades era pan comido para el y sus compinches malvados y asesinos.

Este siniestro bandolero no salía de día; sus andanzas las hacía amparado en las sombras de la noche. Pacheco García era implacable;' no se satisfacía con robar, sino que también quitaba vidas por el purito placer de ver correr la sangre.

Cuando llegaba a las haciendas escogía los mejores potros de los hatos, y si sus ojos se fijaban en alguna hembra, no tenía más que hacerle una señal a su ayudante y montarla en ancas de un caballo, y si el padre de la raptada protestaba por el honor de la hija, le daba un par de tiros y allí quedaba boca arriba en medio del llanto de sus deudos. Y no había naiden que se metiera a defender pues era una banda de sanguinarios capaces de matar a todo el que se atreviera a enfrentarlos.

Así pasó mucho tiempo aquella bestia humana, sin que nadie se interpusiera en su camino. Don Cosme era viudo, pero vivía acompañado de sus tres hijas: Isabel, la mayor; Carmen, la de en medio, y Dolores, la cumiche.

Eran tres sencillas y bonitas campesinas que su padre, gran creyente de la religión católica, las había educado bajo el santo temor de Dios. Don Cosme tenía una pariente, Doña Mercedes, de quien ya les hablé al principio. Las niñas quedaron huérfanas desde muy tiernas y Doña Mercedes, mujer de nobles sentimientos, se hizo cargo del cuido de las criaturas.

Les enseñaba el catecismo y les contaba por las tardes, en el corredorcito de la vieja casita de la finca, los pasajes de la vida de Jesús; de allí que las niñas, a pesar de que eran campesinas, nunca sus virginidades fueron marchitadas por ningún varón de aquel pueblito. Don Cosme las tenía aleccionadas, les hablaba con sencillez, sin malicia alguna, como padre verdadero, consciente del deber sagrado de conducir a sus hijas por el camino recto de la vida.

Nunca las niñas oyeron de los labios de su padre una mala palabra. Así fueron creciendo, sencillas y bonitas, como las flores de los campos y las buenas costumbres de Doña mercedes. Don Cosme las adoraba, pero tenía especial predilección por Dolores, la cumiche, y la más bonita de las tres.

Las quería porque eran sus tesoros y porque además en el fondo de su alma sentía un gran pesar de ellas y sobre todo por la cumiche porque la niña no conoció a su madre, pues cuando nació Dolores la mamá se enfermó y cuando la niña apenas llegaba a los diez meses la madre murió. Dolores tuvo que despecharse con la leche de una yegua que su padre prestó a un vecino.

El rancho de don Cosme era de techo de paja con forro de tabla; tenía además, por separado una pequeña troje donde almacenaba el fruto de sus cosechas, lo mismo que un chiquero para los chanchos, dos vacas de mediana calidad y un par de bueyes aradores, sus amigos queridos que le daban el sustento.
Tenía su pedacito de tierra a la que le sacaba el jugo con la siembra de maíz, yuca, guinellos, frijoles y hasta árboles frutales de mango, jocote y nísperos.

Ese era todo el patrimonio del viejo finquero. Pero cuando la desgracia llega llega, una noche aquella paz y alegría que reinaba en el humilde hogar campesino se vió de pronto interrumpida para darle paso a la tragedia y el dolor, y entre el canto de los grillos y el canto de los sapos, se oyó sobre el camino silencioso del llano el tropel desenfrenado de una caballería.

Era Pacheco García que, olfateando la presa se encaminaba adonde Don Cosme. Era una noche oscura, sin estrellas, sin luciérnagas que pringaran de plata los campos; apenas en las sombras se miraban como una fantasmagórica cosa la débil llama de los candiles en los ranchos.

El viejo comarcano, Don Cosme, a la vera de la puerta de su rancho y sentado en una pata de gallina, conversaba con don Blas Urbina, su vecino más cercano que todas las tardes llegaba para palabriar. Adentro estaban sus hijas rezando el rosario con Doña Mercedes. El grupo de bandidos rodeó el rancho y Pacheco se bajó del caballo y abusivamente entró al rancho sin saludar.

Don Cosme se levantó rápido al ver que aquella pandilla de bandidos allanaba su casa. Quiso ir en busca del arma, pero las manos de un bandido lo trabaron por detrás haciendo otro tanto con Don Blas, que quiso largarse para dar la voz de alarma en el vecindario.

Pacheco agarró a Dolores, la hija cumiche de Don Cosme y la arrastró hasta el patio entre las protestas y lamentos de Doña Mercedes, quien les lanzaba maldiciones. Por las mejillas de don Cosme corrieron dos lágrimas que se fueron a perder en el bigote.

La alarma cundió en el caserío y hubo algunos que, queriendo defender el honor de las hijas de don Cosme, tomaron sus armas que no eran más que rústicas escopetas fabricadas por ellos mismos.

Cuatro comarcanos con sus cuerpos perforados por las balas asesinas quedaron tendidos en las puertas de sus ranchos. Los bandidos se largaron entre carcajadas burlescas y una retahíla de palabras vulgares. Don Cosme, con el alma desgarrada vió como se llevaban a su hija aquellos salvajes y el indefenso sin poder hacer nada.

De Dolores no se volvió a saber nada en la comarca. Su padre denunció el caso ante las autoridades del pueblo, pero desde el soldado hasta el Comandante y el Alcalde eran una partida dé cobardes.
El Comandante, obedecía órdenes del propio Alcalde, no hacía por donde se interesara este último en dar una orden en busca del bandido; la gente decía que estos individuos tenían amistad con el bandolero y sobre todo miedo.

Pacheco García era dueño de vidas y haciendas. Esa era la triste situación de aquel padre ofendido, que tuvo que tragarse su dolor mientras llegara la hora de vengarse con sus propias manos.

En ese tiempo don Cosme tenía ochenta años, pero era un viejo fuerte, macizo y lleno de salud, que disparaba su escopeta sin importarle la patada. Se había criado en los campos desde muy pequeño, ayudando a su padre en los rodeos de la hacienda y en los viajes que hacían con las vacas y en donde caminaban leguas de leguas en medio de los llanos a medio sol.

Don Cosme no representaba la edad que tenía; tenía el pelo chirizo pero sin una cana y aunque sus brazos eran delgados y coyundosos, sin embargo era bueno con el hacha. Era un indio de los que muy pocos quedan ya. El tiempo siguió su camino y pasaron algunos meses.

Doña Mercedes se entristeció tanto que hasta se temía por se muriera de la aflicción. Ya no era la misma doña Mercedes de antes. Ya no les contaba por las tardes a las sobrinas los pasajes de la vida de Jesús.
Muy poco se le miraba y hasta se decía que estaba quedando loca, porque la oían algunos que hablaba sola, que platicaba con sobrina secuestrada.

Don Cosme, quien también ya no era el mismo, se había vuelto huraño hasta con sus mismas hijas; todo le molestaba, se había vuelto casacarrabia, por la menor cosa se ponía bravo, y a veces tan sentimental que por cualquier cosa se le salían las lágrimas. Solo quería estar solo, ya no visitaba a nadie, siempre andaba como zombi; todas las tardes se le miraba pasar escopeta al hombro con dirección al llano.

Así pasaba el tiempo. Un año había pasado desde el secuestro; Don Cosme, como de costumbre, seguía en sus paseos por el llano, era como una obsesión, como un deseo profundo de encontrar al bandolero que le había arrebatado a su hija cumiche para vengarse.

Un día, ya cuando el sol se vuelve grandote y anaranjado, y las sombras de la noche comienzan a cubrir el llano de rumores misteriosos, Don Cosme regresaba de su cacería con un par de aves en la mano, oyó el grito de alcaravanes que habían levantado el vuelo asustados.

Volvió la mirada para indagar el motivo y advirtió en la distancia la silueta de un hombre a caballo. El jinete, al llegar junto al viejo se desmontó y sus primeras palabras fueron para pedir perdón.
Jinete: Por el amor de dios y por lo que usted más quiera en este mundo, le suplico mi querido anciano que me perdone.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Don Cosme no lo había reconocido, pero el hombre le dijo…

Jinete: Yo soy Pánfilo Araúz, ayudante de aquel bandido que le robó a su hija.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Don Cosme levantó el arma con la intención de volarle los sesos de una perdigonada, pero el hombre sin ánimo de defenderse y más bien com un tono de serenidad le dijo…
Jinete: ¡Máteme si quiere!, pero antes quiero decirle una cosa. Por favor escúcheme. Ay después de oirme, si usted quiere disparame es cosa suyra, yo no voy a defenderme, solo quiero sacar de mi mi pecho esto que me está matando y que usted debe saber…

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Esas fueron las palabras de aquél hombre como respuesta a la amenaza de Don Cosme. Al ver que aquel hombre venía en son de paz, Don Cosme sin bajar el arma escuchó que era aquello que quería decirle, eso sí, sin dejar de apuntarlo con su escopeta por si acaso.

Jinete: "Pacheco mató a su hija de un balazo porque quiso juirse; El la tenía a la fuerza y la trataba muy mal. Le daba mala vida porque ella lo despreciaba. El se enamoró locamente de ella pero como ella en varias ocaciones quizo escaparse la mató, eso jué hace un mes, tá enterrada en el fondo de una cañada; yo tuve intenciones de venir hasta aquí para decírselo, pero ese pendejo de García podía matarme.

Hoy ya me separé de él y no me importa, porque agorita estaré al otro lado de la frontera y hasta allí no se atreve a perseguirme.

Yo no quiero seguir más en esa vida; si antes anduve con su pandilla jué porque necesitaba dinero para mi pobre vieja que vivía enferma; hoy que ya murió ella, nada me liga con él". Esa es la peritita verdad amigo. Si usted quiere desenterrar el cadáver de su hija vaya a la cañada del caimito y levante la piedra que tiene una cruz cincelada. Ahí está su hija. Alguno de nosotros no andábamos con ese criminal por malos sino por necesidad o por que fuimos reclutados a la fuerza. Si después de lo que le acabo de decir usted quiere disparar, dispare, yo ya cumplí con mi conciencia.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): El hombre, después de una breve pausa volvió a hablar y le dijo...

Jinete: "Y para su conocimiento le digo otra cosa; Pacheco pasa temprano de la noche por el camino de "El Guácimo Renco" con dirección a la bajada de Rancho Pando donde tiene una querida, después se regresa por el mismo camino medianoche". Usted verá si quiere que el alma de su hija descanse en paz.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): El hombre montó de nuevo y sin despedirse arrió al caballo, que se tendió al galope con rumbo por el llano oscuro y solitario.
Don Cosme llegó a su rancho con media hora de retraso. No dijo nada! Se tomó su cumba de café negro con un perrereque; luego se fué a un baúl viejo de madera y sacó una lámpara vieja de cazar para limpiarla. Luego de haber terminado de alistar los chunches se puso el sombrero, cogió la escopeta, salió del rancho sin decir nada y se metió en lo negro de la noche.

Las hijas, asustadas vieron sus movimientos. Solo se villa en medio de las tinieblas la brasa del puro de Don Cosme que como una luciérnaga, iba señalando su camino.

El ' "Guácimo Renco" estaba como a más de tres kilómetros del caserío, y hacia él se encaminaba don Cosme. Faltaba un cuarto para las doce de la noche, la hora en que Pacheco García tenía que pasar después de verse con su querida. ya se advertían tras los cerros los resplandores de una luna triste que presagiaba otra desgracia.

El cielo, que antes estaba lleno de nubarrones, se había despejado y quedó clarito clarito, todo lleno de estrellas como una sábana negra toda pasconeada. El llano también se había quedado quedito quedito, como si la naturaleza supiera el comportamiento de los humanos, pero de vez en cuando aquel silencio solemne y misterioso era roto por el canto de alcaravanes asustados o por el graznido de aves nocturnas que buscaban caza en los pajonales de los charcos.

Don Cosme, el humilde pero valiente campesino que por espacio de un año se tragara su pena y su dolor, allí estaba sobre las ramas mismas del "guácimo renco" esperando que llegara el momento de vengar la afrenta y la muerte de una de sus hijas.

Todo estaba completamente en silencio. De pronto se oyó el galope de un caballo. Era él, el violador, el asesino que no bastándole con haber deshonrado a su hija de quince años, le había quitado también la vida. El corazón de don Cosme se aceleró como tambor que anuncia una guerra; por un momento los nervios lo traicionaron y estuvo a punto de dejar caer el arma, pero se sobrepuso.

Sudaba a cántaros y sintió como que la sangre le circulaba como rio desbordado por las venas. El cerebro le daba vueltas mientras pensaba...


Don Cosme: ¿Y si no fuera Pacheco García el que viene ay?, y si fuera por desgracia algún otro cristiano al que le agarró la noche en el llano? No me gustaría matar a un inocente porque no me lo voy a perdonar por el resto de mi vida.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Don Cosme se deshacía en terribles pensamientos, dudaba por momentos y tuvo intentos de bajarse y salir corriendo por el campo; tenía miedo que no fuera el hombre que esperaba. Pero en medio de aquella lucha interna un pensamiento le decía que había que vengar a la hija, que no podía echar atrás.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia):La batalla de presentimientos que sostenía aquel espíritu se aplacó. El galope del caballo, que se oía cada vez más cerca, tenía resonancias de tambores en medio del silencio. Don Cosme montó su escopeta y esperó.

La luna, que bañaba de luz la inmensidad del llano, alumbró el rostro del jinete en los precisos momentos que pasaba junto al árbol fatídico. Era él, lo reconoció ay nomás. En contados segundos se puso la escopeta, apuntó y apretó el gatillo. El estampido del disparo despertó a la noche, saliendo de las entrañas mismas del llano un montón de ruidos.

Las aves que viven a la orilla de los grandes charcos y los gritones alcaravanes se desbandaron en el aire como una legión de brujas chillonas, y el ruido del disparo, que se fué tragando la distancia, se convirtió en un eco vago, algo así como el gemir del viento o el llamado de ultratumba donde a esa hora volaba el alma del bandido, solo dios sabe si al cielo o al infierno.

Don Cosme se bajó, cogió el cuerpo y lo arrastró hacia el pie del árbol. Lo dejó sentado en el tronco. El caballo, que se había asustado con los disparos, ahora estaba tranquilo como a cien varas del lugar comiendo zacate: Don Cosme se subió al animal y salió galopando entre los jicarales.

La muerte de Pacheco García quedó en el misterio y desde entonces, pues no hubo testigos, ni chiquito ni grande. Don Cosme solo con la compañía de su sed de venganza hizo lo que tenía que hacer y nadie en el pueblo supo quien lo mató. Nadié sospechó del anciano. Dicen los lugareños que el alma en pena de García Camacho vaga por las noches en el llano, donde se ve una luz y se oyen unos gemidos.

Todavía en la actualidad hay quienes aseguran que el alma de bandolero anda penando. Algunos aseguran que por remordimiento, otros que porque dejó un tesoro enterrado en las montañas.

Esa es la historia que me contó don Cosme, historia que me asegura es verídica yq que el fué el único en saberlo pues el mismo lo mató. El espíritu de aquel bandido, en un apegamiento terrestre, ha quedado espantando por las noches al caminante que se atreve a cruzar por el camino del llano donde está el "guácinio renco".

Y si no lo creen, cuando vayan a Santo Tomás del Nance, pregúntenle a los lugareños, eso sí, a los más viejos del pueblo. Los jóvenes de agora no saben ni quieren saber nada de estas historias de nuestros antepasados.
Y es que les voy a decir una cosa, esto no tiene nada que ver con ideologías políticas, ni partídos, sino más bien con el dolor de un padre y la negrura del corazón de seres que parecieran que vinieron a este mundo solo para causar dolor y hacer maldad.

Triste este cuento verdad? Pero bueno, son cosas que suceden en este mundo y en nuestra tierra pinolera. Los invito para que el otro domingo nos sintonicen a esta misma hora. Eso es todo HOoooom.


Síganos en Facebook

Si no eres miembro de Facebook, entonces comenta aquí
Escriba su comentario


Regreso a la página principal

Para mayor información escríbanos : info@nicaragua-actual.info