El Muerto

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Hola amigos, hoy quiero contarles algo que le sucedió a Terencio Ñurinda, allá en la Managua de antes del terremoto, es decir, en 1971, en el mes de Diciembre, mes de la purísima, mes de la navidad. Diciembre en la Managua de antes del terremoto era una época linda. En Managua había muchos hoteles de lujo, hoteles en donde los turistas de todas partes llegaban a hospedarse para disfrutar de nuestra bella Nicaragua.

Uno de esos hoteles era el Hotel Balmoral, si, Balmoral, no se asusten. En Managua había un hotel que se llamaba Balmoral. Ahí precisamente trabajaba Terencio Ñurinda, era taxero a como decimos nosotros, aquí en Costa Rica dicen taxistas. Pero bueno, el asunto es que Terencio trabajaba en el turno de la noche, o sea de 10 de la noche a 6 de la mañana. Nunca faltaban clientes, siempre había gente que quería trasladarse a un bar o donde sea.
En las noches los taxistas de turno platican o juegan naipes, o dados entre ellos. Otros se meten al hotel a platicar con el recepcionista de turno. Una noche, mientras Terencio conversaba con el recepcionista de turno el el hotel…

Recepcionista: Asi que vos sos de Masaya Terencio, contame, y de qué parte de Masaya sos vos?

Terencio: Los Masayas somos de Masaya, no importa el barrio o el pueblo donde hayamos nacido, lo importante es que somos de masaya.

Recepcionista: O sea, come yuca. De Monimbó o del centro, pero come yuca.

Terencio: Exactamente, así es.

Recepcionista: Oíme, y que hay de cierto que los masayas son cobardes?

Terencio: Qué quéeeeee?

Recepcionista: Al suave Ramón, no te me sofoqués, lo que a mí me han contado es que los masayas le tienen miedo a los muertos, que no les gusta salir de noche por miedo a que les salga un muerto, un espanto.

Terencio: Eso ya son otros cien pesos. Y a quién nó. Vas a decir vos que a vos no te da culillo que te salga un muerto?

Recepcionista: En realidad no lo sé, puede ser que sí o puede ser que me atreva a hablarle. Yo me imagino que si me sale es porque quiere decirme algo y a lo mejor y hasta me dice en donde dejó escondido reales o que….(Interrumpe la conversación)… perdón, perdón, pero están entrando clientes y hay que atenderlos, después platicamos.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Efectivamente, estaban entrando al hotel varias personas a registrarse como dicen. Eran unos pasajeros que venían del Aeropuerto Internacional de Las Mercedes en un vuelo atrasado que venía de Miami. Eran como las tres de la mañana y el recepcionista se acomodó para atender aquellos viajeros. Entre ellos habían gringos y latinos.

Recepcionista: Good night sir, may I help you?

Turista: Yes, mi prefiriendo habla español, quiere practicando uno poquito español.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Y así se fueron registrando uno por uno. El último de los turistas que se registró fue un latino, para ser más exacto un nicaragüense que venía del extranjero. Después de llenar la tarjeta, esas que llenan el los hoteles, agarró su llave y le dijo al recepcionista…

Huésped: Amigó, usted cree que puedo conseguir un taxi a esta hora, me urge hacer unas vueltas.

Recepcionista: Claro Señor. Este es un hotel de primera, contamos con servicio de taxi las 24 horas.

Huésped: Bueno, entonces hágame el favor de conseguirme uno, solo voy a la habitación un momento y ya salgo.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): El nicaragüense agarró su maletón de mano que era lo único que andaba de equipaje y se fue para su habitación. No tardó ni cinco minutos y ya estaba de regreso con su maletincito. Ya para ese momento, el recepcionista que era muy amigo de Terencio, lo tenía listo para que hiciera ese servicio. Que cosas verdad? Por pata Terencio agarró aquel servicio que a lo mejor le tocaba a otro taxista, pero vale más tener pata que nada en esta vida. Terencio le agarró el maletín al señor nicaragüense pero este no quiso soltarlo, le dijo que gracias, que el lo llevava, y luego le dijo…

Huésped: Vea amigó, cuánto me cobra usted por hacerme un servicio por hora?

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): A Terencio hasta que se le pararon las orejas más de lo que las tenía. Los servicios por hora son una salvada para cualquier taxista. No hay que manejar tanto y se cobra bien. Entonces Terencio, a como quien no quiere la cosa le preguntó…

Terencio: Depende, cuantas horas quiere?

Huésped: Mínimo. Mínimo, cuatro o cinco horas.

Terencio: Vea, normalmente nosotros cobramos 30 córdobas la hora, pero ya que va a usar el taxi por ese tiempo; que le parece 25 la hora?

Huésped: Dejémoslo en 20 córdobas la hora y trato cerrado, sale vale?

Terencio: Piores nalgas tiene mi suegra… está bien, sale y vale.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): A esta hora ya eran casi las cuatro de la mañana. Managua de noche antes del terremoto del 72 era una ciudad con vida. Habían bares y restaurantes abiertos, night clubs, discotecas, de todo amigos, de todo. Si no había nada que envidiarle a ninguna ciudad. El terremoto le dio vuelta para atrás al tiempo y pareciera como que retrocedimos.

El huésped entró a uno que otro bar, dizque a saludar algún bartender, esos que preparan los tragos en los bares, y Terencio le creyó porque entró a varias partes y de ninguna salió con olor a guaro. En ese plan anduvieron hasta las cinco de la mañana, hora en que los centros nocturnos ya cierran sus puertas. El pasajero entonces le dijo a Terencio…

Huésped: Amigó, usted conoce por casualidad un barrio que se llama Acahualinca?

Terencio: Claro que lo conozco, y quien no lo va a conocer si es uno de los puntos de referencia de los managuas.
Quiere que lo lleve ahí?

Huésped: Si, quiero que me lleve ahí por favor. Pero antes busquemos un lugar que esté abierto para que usted como algo, me imagino que debe tener hambre?

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Terencio que se sabía las direcciones de cabo a rabo, y sabía también que lugares estaban abiertos las 24 horas para comer. Así que se lo llevó a un restaurantito que quedaba cerca del famoso “Gran hotel”…
Mesera: Buenas mis amores, como están. Y vos Terencio, dónde te habías metido?. Hace rato que no venís por aquí.

Terencio: Bueno, pues ya estoy aquí, para que veas. Aquí te traigo a este respetable cliente para que me lo atendás a como el se merece. A propósito amigó, y usted como se llama?

Huésped: Genáro, Genáro Gónzález.


Mesera: Me extraña, aquí todos mis clientes son especiales. (al cliente) A ver amor, que vas a comer? Hay gallito pinto con frito, cremita, aguacates, vieras que aguacatotes los que hay y son pura carne. Asíiiiiii es la semillita.

Huésped: Gracias, gracias, todo suena muy rico pero la realidad es que no tengo hambre. Pero por favor traigale de todo eso a mi amigo Terencio, el si tiene hambre, anda manejando desde las tres de la mañana y con este clima fresco de la noche debe andar trabado de hambre. (A Terencio), pida amigó, pida lo que quiera, yo pago no se preocupe.

Mesera: Aprovechá Macario que esto no es diario. Mirá hay unos pescozones acabaditos de freir que estan de chuparse los dedos.

Terencio: No es para tanto Chepá, no exageres. No hay que abusar. Traeme un quesillo de los grandes y un tiste nada más.

Mesera: Solo eso vas a comer?

Terencio: Si, si, si, no seas necia, ah, pero al quesillo ponémele cebolla picada, no me le hechés repollo que aquí ustedes le dan gato por liebere a los clientes.

Mesera: (Se aleja carcajeandose) Sos una amenaza Terencio. Si niño, con cebolla, con mucha cebolla.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Terencio se comió aquél quesillo delicioso, hecho con tortilla grande, gruesa. Con su buena trenza de quesillo y mucha cebolla picada con vinagre negro y bastante crema. Hasta que le chorreaba por un lado. Se tomó una jícara bien grande de tiste que tenía mucho cacao. El pasajero solo se tomó una tacita de café mientras revisaba sus papeles en aquel misterioso maletín y esperaba a que su chofer particular terminara de comer.

Terencio escurrió con los dedos los últimos pedacitos de cebolla que quedaron en el plato y se los comió. Se limpió la boca con el puño cerrado y dio unos golpecitos en la mesa para que su cliente se diera cuenta de que ya había terminado.

Huésped: Entonces amigó, vamos a Acahualinca?

Terencio: Usted manda mi coronel. Y dígame una cosa; a qué parte de Acahualinca? Ahí hay muchos metederos y si me dice con tiempo yo se por dónde me voy.

Huésped: Usted lléveme al barrio, ya ahí yo le digo por dónde nos metemos.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Llegaron a Acahualinca, el olor a basura y aguas podridas se empezó a sentir apenas arrimaron. Terencio tuvo que reducir la velocidad para pasar por unos normes charcos nauseabundos y capiar hasta perros muertos en media calle.

Para esta hora serían ya las 6 de la mañana. Habían pocas personas levantadas y vehían con curiosidad a aquél taxi en el barrio. No era común que un taxi entrara al barrio por la mala fama que tenía Acahualinca.

Después de sortear con el mal estado de aquellas calles, el pasajero le dijo a Terencio.

Huésped: Vea amigó, vé aquél palo de guácimo en aquella esquina?

Terencio: ajá

Huésped: Ahí doble a la derecha y como a las 10 varas va a ver un cerco de piñuelas a la derecha. Ahí se detiene por favor.

Terencio: A la derecha en el guácimo y me detengo a las 10 varas, perfecto, perfecto.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): El taxi se paró en el lugar indicado. Era un cerco de piñuelas y un portoncito hecho de dos palos con alambres de púas y enganchado con una argolla de alambre para cerrarlo. El hombre soltó la argolla y entró por un caminito que llevava a una casita de madera vieja, una casita que se estaba cayendo. Golpeó la puerta, entro y ya como a los cuarenta minutos salió y le pidió a Terencio que lo llevara a otra dirección

Huésped: Bueno mi pilotazo particular, ya casi terminamos. Esta casita que acabo de visitar, quiero que por favor no se olvide de ella porque a lo mejor le va a tocar volver a venir. Aquí vive una muchacha que me tuvo una criatura, una niña, ya hace tres años.

Vago que es uno. Ella es jovencita y muy pobre y yo, para serle franco, me aproveché de ella. La panzonié y nunca volví a saber de ella. Cuando me contaron que estaba embarazada me fui para Miami a trabajar y hasta ahora que vuelvo a Nicaragua. Es la primera vez que la veo desde entonces. En realidad que me arriesgué al entrar sin saber si ya tenía otro compañero. Por suerte estaba sola la pobre. Y mi criatura estaba dormidita todavía. Linda mi hijita, ni como negarla si es el vivo retrato de mi mama. Le dejé el número de una cuenta que habrí a nombre de ella en Miami pero que puede retirar los reales aquí en Nicaragua. Por lo menos ya me siento tranquilo con eso. No es mucho lo que hice pero algo es algo.

Bueno, no quiero aburrirlo con mis cosas, mejor lléveme a la Colonia Centroamérica, ahí es el último lugar que quiero visitar.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Terencio escuchaba con atención los relatos de aquel nicaragüense que se había ido a trabajar al extranjero. Aquel hombre al que el paso del tiempo le remachaba la conciencia de sus malas acciones del pasado y que ahora que tenía con qué, venía para tratar de enmendar sus errores.

Iba sentado en el asiento de atrás, llevaba en las piernas aquel misterioso maletín que no soltaba para nada. Se arrecostó en el asiento y mientras Terencio manejaba con rumbo a la Colonia Centroamérica, el hombre silvaba, silvaba como si una paz interna lo envolviera. Terencio escuchaba con atención aquellos silvidos y no se atrevió a interrumpirlo, sino que siguió manejando por aquellas calles de la vieja Managua.

Huésped: Dígame amigó, usted es casado?

Terencio: Casado no, pero estoy rejuntado con mi mujer desde hace 11 años y ya tenemos 5 cipotes.

Huésped: Y si no es mucha preguntadera, usted no es de Managua, verdad?

Terencio: No, no, yo soy de Masaya. Vengo a Managua todos los días a trabajar. Me vengo en el bus que sale a las ocho de la noche de Masaya para no andar en las calle tan noche. Como entro a las diez al turno, prefiero esperar en el hotel que sean las diez.

Huésped: Muy bien pensado, se nota que usted es un hombre prevenido.

Terencio: Es que qué va. Sobra tiempo para que lo asalten a uno. Aunque usted no ande ni un peso, para que lo jodan a uno sobra tiempo. Ya vé, ahora que termine este servicio con usted, me voy al hotel para entregarle el carro a otro compañero y me voy para Masaya para llegar a dormir, comer y de vuelta en la noche. Es la vida del pobre, pero por lo menos tengo trabajo. Hay muchos que ni trabajo tienen, no cree usted?

Huésped: Ya casi llegamos, vea, en el primer semáforo doble a la derecha y siga como cinco cuadras. La casa de mi esposa queda en andén, no se puede entrar con el carro, así que usted me espera hasta que yo regrese.

Creo que aquí si voy a estar bastante tiempo, pero no se me desespere. Tenga estos 100 cordobas, es más de lo que acordamos pero es para que no sienta desconfianza y me espere tranquilito.

Mi casa es la 392. De acuerdo?

Terencio: De acuerdo, no se preocupe. Es aquella esquina del muro celeste?

Huésped: Eso mero, ahí. Puede parquearse debajo de aquel palito de almendras para que no quede ni en el sol ni estorbándole a otros carros. Si quiere dese su dormidita que yo tengo varias cosas que arreglar con mi esposa y después salgo para que me lleve de vuelta al hotel.

Por plata no se preocupe, si es necesario le pago más, ya regreso…

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): Y se fue el pasajero caminando por aquél andén. Terencio lo vió cuando entró a una casa que estaba a mediados de la cuadra. Hizo el asiento del carro para atrás y se recostó para descansar y esperar a su cliente. Terencio había tenido un golpe de suerte porque les cuento que 100 córdobas en 1971 era un montón de plata.

Los minutos fueron pasando, pasó media hora, después una hora, una hora y media y el pasajero nada que salía. Terencio ya estaba advertido de la tardanza por lo que no se preocupó y esperó paciente. Más bien se animó a dormirse un rato mientras aquel hombre regresaba.

Pero, como a las 9 de la mañana Terencio se despertó y se sorprendió de que su cliente no regresara. Ahora si ya estaba raro el asunto. Era demasiado tiempo para esperar y Terencio comenzó a dudar entre si irlo a buscar o no. Si quitó el chelique de los ojos con los dedos, las lagañas dicen los ticos, se vió si no tenía comida entre los dientes en el espejo retrovisor del carro y se acomodó la camisa que la tenía toda arrugada. Abrió la puerta del carro y caminó en dirección de la casa a donde vió entrar a su cliente.

Llegó a la casa y ya en el lugar volvió a sentir la duda si tocaba a la puerta o no.

Terencio: (Pensando) Este hombre tiene tiempo de no ver a su esposa, a lo mejor si toco la puerta voy a importunarlo y a lo mejor se molesta conmigo. Pero….pero, ya son las 09:10 de la mañana y el me dijo que a lo mejor tardaba, que no me preocupara. (Dudando) Que hago? (Decidido) Que babosada, voy a golpear la puerta.

(Golpe de puerta)

Señora: Buenas, que se le ofrece?

Terencio: Soy el taxista que anda con Don Genaro.

Señora: Genaro? De qué Genaro me habla?

Terencio: Don Genaro González, el señor que anda conmigo desde anoche.

Señora: (Perpleja) Señor, no se payaso, deje de jugar conmigo. Respete por favor. Yo a usted ni lo conozco para que venga aquí a darme bromas.

Terencio: Bromas de qué, yo no le estoy dando bromas. No sé de qué me está hablando. Yo solo le estoy preguntando si Don Genaro entró aquí, tengo más de dos horas y media de estarlo esperando. El se bajó del taxi y se metió en esta casa y me dijo que lo esperara que venía a ver a su esposa antes de irse al aeropuerto.

Señora: No puede ser, no puede ser, (Llorando) mi Genaro, mi Genaro anda saliendo. Y dígame, como es ese señor que usted dice?

Terencio: Es un señor alto, flaco y de bigotes

Señora: (Alarmada y llorando) Es el, es el, el mismito Genaro.

Terencio: Señora, ahora es usted la que me está dando bromas. Como es eso de que su marido está muerto?

Señora: (llorando) Si, si, si, Genaro era mi marido, murió hace tres años y cinco meses. A el lo mató un tal Pablo Lezama. Me Genaro era Zangano y panzonió a la hija del tal Pablo. Dicen que cuando se dio cuenta que Genaro le hizo la trastada a la hija lo buscó para que se casara con ella y al darse cuenta que el ya estaba casado conmigo, sacó su revolver y me le pegó cuatro balazos.

Narra Nacho Pastrán (Moralimpia): A mi hasta que se me paran los pelos de punta cuando me contaron este cuento. Terencio se quedó mudo y pálido pálido, no podía creer lo que estaba escuchando. Se enfermó por más de una semana, no pudo ir a trabajar. Pero una cosa si era de verdad. Los riales que le pagó el difunto eran de verdad y eso fue lo que le salvó la Campana a Terencio. Amigos varones nicaragüenses, no andemos dejando mujeres panzonas. Tengamos cuidado con lo que hacemos para que no nos pase esto. Eso es todo amigos.


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