La aventura de Olama y Mollejones en 1959

Pedro Joaquín Chamorro Cardenal, ante la Corte de Investigación Militar, expuso: “Como ustedes saben, vivía exiliado en Costa Rica, adonde han concurrido y concurren numerosos exiliados nicaragüenses. A raíz del triunfo de la Revolución Cubana, en los círculos políticos de muchos países del Continente Americano se comenzó a pensar en la posibilidad de hacer una revolución en Nicaragua”.

Los motivos para la lucha armada

Pienso que la decisión de recurrir a la revolución armada fue sugerida por la Juventud Conservadora —que de conservadora solamente tenía el apellido—, luego del vandálico ataque a Radio Mundial, encabezado por Nicolasa Sevilla, y una turba de facinerosos agrupados en los Frentes Populares Somocistas.

Es propio señalar, que en nuestro país y resto de pueblos latinoamericanos, se pensaba que como los guerrilleros de Castro habían derrotado al ejército de Batista, era lógico suponer que cualquier ejército similar que estuviera contra el pueblo podría ser vencido, y echado abajo su gobierno.

El único compromiso: La democracia para Nicaragua

La J.C., aunque de comportamiento cívico, contaba con una organización beligerante: jóvenes de diferente estrato social, incluidos obreros y campesinos, estaban dispuestos a defender la causa por la que venían luchando. Y sus dirigentes llegaron a la conclusión que como Anastasio Somoza cerraba puertas a formas cívicas de lucha, no quedaba más camino que escoger la ruta armada.

Los acontecimientos siguieron su curso, y en menos de lo esperado, después de una visita de Téfel a San José C.R., a entrevistarse con Pedro Joaquín, y luego juntos con José Figueres, después del viaje exploratorio, nos reunimos Reinaldo Téfel, Mario Cajina, Álvaro Córdoba, José Medina, y yo, con el propósito de contactar a los muchachos de los departamentos y comenzar a preparar listas de quienes cruzarían la frontera para integrarse al movimiento.

Cruce de la frontera por veredas, por aire, por cualquier cosa.

Días después, algunos de los voluntarios cruzaron la frontera por veredas; otros legales y en vehículos del transporte público, y uno que otro lo hicimos en las compañías aéreas. Al tomar la decisión, fue todo tan rápido, que en una semana a más tardar estábamos en San José, Costa Rica, y a pocos días en ese país, partimos a tomar algún entrenamiento en la península de Osa, en un sitio llamado Punta Llorona.

De la Sabana a Punta Llorona

Antes de subir al Curtis Comander de dos motores de Lacsa, que nos trasladó a Punta Llorona, los encargados de seguridad del movimiento recomendaron que si alguna autoridad tica preguntaba hacia dónde nos dirigíamos, les contestáramos: a Golfito o Palmar Sur en el Pacífico de Costa Rica, donde estaban localizados los bananales, para darles la idea de que algunos eran turistas y otros buscaban trabajo. Ya rumbo al campo de entrenamiento, en menos de 45 minutos, experimentamos la primera experiencia fascinante y peligrosa de nuestra aventura guerrillera: el pesado aparato con sesenta y cinco hombres y su carga, ensayaría el aterrizaje exactamente en la costa del mar, en el que no había un lugar adecuado para hacerlo.

Victor Rívas Gómez: un piloto fantástico

El capitán Rivas Gómez, piloto al mando de la nave, con su increíble ojo de águila venía observando la playa. Confirmó la información monitoreada en La Sabana: la marea estaba lo suficientemente baja para deslizar el aparato. Se lanzó a fondo sobre la parte más resistente de la arena húmeda, al borde casi del flujo y reflujo de la última estela de la ola. Desde la puerta de la nave, aún con los motores encendidos y desplazándose el avión, comenzamos a lanzarnos a la arena. El piloto sabía que no podía detenerse, porque si lo hacía, no podría alzar vuelo de nuevo, porque atascaban las ruedas. La experiencia fue repetida en sentido contrario al abordaje de la misma nave, cuando repleta de obsoletos fusiles, viejas municiones y alguna vitualla, el Curtis Comander enrumbó sin destino a cualquier sitio ignorado del territorio nicaragüense. Una que otra vez Pedro Joaquín platicaba con Rivas Gómez o el tico Tulio León que iba de copiloto.

Aterrizó cuendo estaba baja la marea

Expresa Jaime Chamorro Cardenal, combatiente de Olama: “Es una playa tan extensa, como ninguna que he visto hasta ahora, y de gran amplitud que cuando bajaba la marea podía servir de pista de aterrizaje a aviones de regular tamaño”.

Jóvenes y cambio

¿Qué buscábamos los jóvenes que enganchamos en la revolución? Simplemente un cambio de gobierno: salir del régimen corrupto de dictadura somocista que encarnaba el atraso social y económico, ya que en Nicaragua sobran recursos, que aprovechados, colocarían firmemente adelante en materia de desarrollo. Pero, siendo más concreto, el pueblo estaba cansado y aburrido de ver el mismo rostro de la dictadura, y sentíamos vergüenza que mientras en otras repúblicas alternaban gobiernos democráticos, y eran sacados fuera aquellos que conjugaban lacras de sistema dictatorial, aquí se conformaba una dinastía. De modo que los jóvenes que fuimos invitados a formar parte del grupo revolucionario, ninguno negó hacerlo. Y generó estímulo y confianza, observar cómo empresarios y profesionales de prestigio, junto a jóvenes que cursaban estudios en Estados Unidos, México y otros países, daban cita en Costa Rica para incorporarse al frente de lucha que se instalaría en cualquier lugar de Nicaragua.

Volando con el padre Federico Argüello

El padre Federico Argüello S.J., capellán del grupo, acompañó en el primer vuelo. Daba la sensación que veníamos a una excursión turística, porque algunos repetían cantos de la Purísima, mientras otros reían y algunos callaban. En el mismo grupo venía Pedro Joaquín Chamorro, Reinaldo Téfel, José Medina y Luis Cardenal que eran responsables del grupo. Pedro era el jefe político y los otros responsables de columnas apoyados por el mayor Freddy Fernández, dominicano y hombre de confianza de Figueres.

La visita a Guevara y Fidel Castro

Olama y Mollejones prácticamente se llevó adelante sin padrinos. En el tapete de la confrontación político nacional prevalecían dos movimientos que en cierto modo se disputaban visiblemente el liderato: la Juventud Conservadora de componente de socialcristianismo, por convicciones ligada a Pedro Joaquín; y el grupo de los socialistas o marxistas en que tenían presencia algunos líderes sindicales, representados en el exterior por el profesor Edelberto Torres y la doctora Concepción Palacios. Es posible que estos hayan venido trabajando a Fidel Castro desde antes de la derrota de Batista, ya que cuando Pedro Joaquín, Enrique Lacayo y Reinaldo Téfel contactaron a Castro, éste los recibió “en forma brevísima, apenas una ligera presentación y enterado de que nosotros éramos nicaragüenses, nos hizo pasar a ver a Guevara. Ernesto Guevara —el Che—, nos recibió en el balneario de Tarara, en donde convalecía de una reciente crisis asmática, fue amplio al hablar y explayó en diversos temas acerca de Sudamérica”, dice Pedro.

Aclara Téfel: “Nos acompañó en el viaje el diputado Marcial Aguiluz, y nos encaminó un cubano de apellido Cubellas (Rolando). Cuando hablamos del caso de Nicaragua, el Che dijo que ya existía un Comité que representaba la unidad del pueblo nicaragüense y era al único que prestaría ayuda”.

Primer grupo en llanos de Mollejones

El 31 de mayo de 1959 llegó la hora de la verdad. Aterrizamos en los llanos de Mollejones. Rivas Gómez pilotaba el Curtis Comander, a muy baja altura, de tal manera que veíamos el oleaje del lago con cierta claridad. Entramos al territorio al noreste del San Juan, y comenzamos a volar sobre el Lago de Nicaragua sin ningún problema, hasta que el piloto giró la nave hacia la derecha, intentando ubicar las señales que indicarían el sitio del aterrizaje.

Pablo Bravo Lazo, Carlos Masís, Nicolás Plata y Francisco Flores colocaron la manta en el lugar escogido para el aterrizaje en los llanos de Mollejones. Afirma Bravo Lazo: “Cuando vimos el enorme aparato de aluminio colocamos las mantas que sirvieron de señales para el aterrizaje del avión que rodó por el llano dando brincos y pasó llevando un palo de nancite”.

Nos lanzamos al llano mientras el avión corría

De la misma manera que abordamos el avión, nos lanzamos a tierra con nuestras mochilas, nuestras armas de museo y el resto de vituallas que traíamos con nosotros; entre éstas: una planta eléctrica portátil que pesaba trescientas libras, que de acuerdo a los planes sería para instalar Radio Rebelde. Domingo Mora y yo éramos responsables del plan. Pero apenas habíamos terminado de sacar las cosas que traíamos con nosotros, cuando apareció una avioneta que comenzó a sobrevolarnos, y la observación no cesó hasta que entramos a la montaña guiados por campesinos y pequeños finqueros que nos esperaban con mantas y señales de humo.

Olama: aterrizar en cualquier lugar

Comenzamos a caminar sin rumbo previsto, atravesando quebradas y moviéndonos entre zacatales. Y no había entrado la tarde cuando escuchamos el rugido de Mustang y las ráfagas de ametralladoras 50, entre estallidos de morteros. Así pasó el día. Toda la tarde estuvimos pendientes de la llegada del segundo vuelo en el que vendrían Ronald Abaunza y el capitán Napoleón Ubilla, al frente del grupo de unos cuarenta que habían quedado en Punta Llorona, en que vendrían Jaime Chamorro, Luis Rivas, Jerónimo Parodi, Álvaro Córdoba, Pablo Leal, Adán Cantón, y otros. “Pero éste vuelo no llegó —aclara Jaime Chamorro— porque se había preparado un solo campo de aterrizaje, y éste ya estaba localizado por la guardia, por lo que resultaba imposible tratar de usarlo de nuevo. Cuando pregunté a Rivas Gómez: ¿dónde vamos a aterrizar? Me contestó: En cualquier lugar que encontremos”.

Olama: avión atascado

Alguien llevaba consigo un pequeño radio de baterías. A través de éste escuchamos que el grupo de revolucionarios que esperábamos había caído en el llano de Olama. “El avión había atascado en el sonsocuite del llano, dejando dos zanjas: una por cada rueda en el trayecto; las ruedas estaban enterradas hasta el eje. El avión estaba intacto —aclara Jaime Chamorro—, pero a pesar de que Rivas Gómez aceleró al máximo los motores, fue imposible moverlo del lodazal”. Se fue a una casita del llano en busca de una yunta de bueyes, pero no había más que un cuidador y no tenía bueyes.

“Cuando aparecieron los primeros aviones Mustang, el capitán Rivas Gómez dio orden de no disparar a los aviones, porque debido a su velocidad no pueden vernos; y nuestros uniformes son color de pasto”, recuerda Jaime Chamorro que estaba junto al capitán.

Marchar sin baquiano

Los de Mollejones, que a eso de la medianoche habíamos llegado a la casa de Angelino Cárdenas en la comarca de Bulún, el pequeño finquero nos recibió temeroso, y mientras la esposa nos calentó café y comimos queso con tortilla, Pedro Joaquín y Reinaldo recomendaron al campesino que mejor abandonara la casa, porque era casi seguro que las patrullas de la Guardia Nacional que nos venían persiguiendo, llegaran a su finca volando tiros. Cuando amaneció, don Angelino había salido para la montaña con la mujer y sus siete hijos.

Pedro Joaquín, Reinaldo y Luis Cardenal, durante el resto de la noche no habían pegado los ojos, porque estaban pendientes de las noticias del segundo vuelo en que llegaría el segundo grupo de revolucionarios al mando de Ronald Abaunza y el capitán Napoleón Ubilla. Al fin se captó la información: el vuelo había pospuesto para el siguiente día había caído en el llano de Olama. Y como fue lógico, todo ocurrió como si lo estuvieran esperando.

Marco Tulio León, copiloto de origen costarricense que acompañaba a Rivas Gómez en el segundo vuelo, afirma: “Despegamos de Punta Llorona más o menos a las 7:30 de la mañana, llegando a Olama como a las 8:45. Chequeamos la punta derecha de Puntarenas y volamos después en el centro del Lago de Nicaragua hasta salir a tierra firme. Ubilla sugirió a Rivas que aterrizaran en el lugar donde lo había hecho con el primer grupo, pero éste le contestó que estaba seguro que estaban vigilando ese lado. Como a los veinte minutos comenzó a descender haciendo virajes en S, buscando un lugar donde aterrizar. Me pareció ver a Rivas Gómez extraviado e inconforme. De pronto vio un hoyo entre las nubes e hizo un viraje de 360 grados, descendiendo hasta que encontró el llano de Olama”.

Las noticias de Olama

Cuando nos dimos cuenta de que el segundo grupo había descendido en Olama y que los aviones del dictador habían ametrallado e incendiado el Curtis Comander, porque había quedado entrampado en el sonsocuite, pensamos que ese era el destino del avión debido a las condiciones del terreno. Pero nos llenamos de satisfacción al darnos cuenta que los muchachos de Olama habían combatido con guardias del dictador. No sabíamos el resultado de las acciones, y calladamente lamentamos que nosotros no hubiésemos tenido todavía alguna experiencia de guerra.

Mientras tanto el grupo de Mollejones seguíamos entrando a la montaña sin dirección definida. En verdad, aunque se nos sumaron algunos campesinos, solamente conocían los espacios en su comprensión. Fue de lamentar la falta de baquianos. Con baquianos habríamos ganado el primer empuje revolucionario; posiblemente habríamos encontrado un sitio adecuado en la montaña para relajar los nervios y acostumbrarnos a la jungla, y su serie de obstáculos y calamidades.

Cruzábamos ríos caudalosos debido al invierno que no paraba de llover. Entrábamos y salíamos de trochas y quebradas introduciéndonos en zacatales y sitios de ganadería en donde mugían y hasta nos persiguió un toro salvaje al lado de los alambres. Todas estas caminatas y vivencias, siempre bajo el ronroneo distante de los aviones que volaban sobre nosotros, teniendo sobre nuestras cabezas el repiqueteo de ametralladoras instaladas bajo las alas. Y nosotros caminábamos y caminábamos sin saber hacia dónde ir, mientras las patrullas del dictador nos pisaban los talones.

Nosotros cumplimos

Tanto la gente de Olama como de Mollejones confiamos en que cuando pusiéramos pie sobre territorio nicaragüense, el famoso Frente Interno que se reunía en la Cámara Nacional de Comercio saldría a la calle, encabezaría manifestaciones y otras formas de protesta cívica, mientras los que veníamos en la guerrilla tomábamos posiciones y nos acostumbrábamos a condiciones de la montaña. Pero no pasó nada. “Bueno. Nosotros sí cumplimos”, señaló Pedro hablando con Manuel Ruiz Montealegre, ex soldado de la Guerra de Corea, a quien llamábamos Cuatro Zetas, porque cada frase suya llevaba un componente de siseo que sonaba extraño al impulso de la voz.

Declara el teniente César Noguera (Chorrillo), ex teniente G.N., que llegó con el grupo de Olama: “Después de dos horas de bombardeo bajo el fuego de los Mustang P-51, se aparecieron dos aviones C -47 grandes de La Nica que volaban bajo, uno de ellos con rockets. Rivas Gómez nos dijo que posiblemente esos aviones traían guardias nacionales, y si aterrizaban nos iban a sacar a patadas”.

Ataque de fusilería, Mustang y morteros en cerro del hielo.

Mientras buscábamos un lugar seguro escalando el Cerro del Hielo, se mandó una patrulla al mando de Eduardo Chamorro a inspeccionar los alrededores. Fue capturado un baquiano de la guardia llamado Fidencio Pérez, casi en barbas de la patrulla G.N., lo que dio lugar a que fuéramos localizados. La patrulla de Chamorro en donde iba Samuel Santos, Miguel Castillo y Franklin Altamirano todavía no estaba de regreso. En lo que hacíamos champitas para pasar la noche, sonó un tiro disparo: “Algún cazador”, dijo el mayor Fernández (Tico), quien fumaba como chimenea. Luego vino el segundo disparo en sentido contrario; y segundos después comenzó un fuego nutrido de fusiles, metralla y morteros, que fueron cercándonos poco a poco, haciéndonos buscar el escape por el extremo opuesto del cerro. De la patrulla de Eduardo no regresaron dos: Miguel Castillo y Franklin Altamirano, que fueron capturados por la G.N. El resto del grupo de Mollejones prácticamente nos descolgamos por un guindo al otro lado del cerro. Yendo de la Ceca a la Meca, sin baquiano, continuamos caminando en la montaña, que hace cincuenta años todavía era montaña.

Incendiado avión de Olama

El bautismo de los de Olama había sido de fuego. No los dejaron ni caminar. Primero fueron los aviones Mustang que dejaron venir ametrallando al Curtis Comandar que estaba atracado en el barro, hasta que el fuego y las explosiones del combustible dejaron sólo el cascajo. “El estruendo de los seis cañones de 50mm —tres en cada ala, se oyó al mismo tiempo que pasaban sobre nuestras cabezas: primero era el fogonazo, luego el estruendo y después un eco sordo y como un temblor de tierra. Se fueron dos y vinieron otros que pasaron haciéndolo todo el día. Víctor parecía estar en lo correcto: no podían vernos”. Dice el oficial G.N., César Noguera: “Esas dos horas de bombardeo no se las deseo ni al peor enemigo”.

Comandante de Boaco: Mayor Granera

De acuerdo con lo que afirma el mayor Jorge Granera, comandante de Boaco, el segundo vuelo ya lo estaban esperando en los llanos de San Felipe o de Olama. De tal modo, que envió una patrulla al mando del teniente Carlos Orlando Gutiérrez que vigilara desde Olama hasta Tierra Azul con un grupo de cuarenta reservistas que se había presentado a este cuartel. Resultó fácil detectar el aterrizaje del aparato. Acerca del enfrentamiento de Olama, Francisco Suazo, de Tierra Azul afirma: Busqué al comandante de Tierra Azul y este me dijo que me pusiera en contacto con el teniente Gutiérrez. Me fui con un cabo Torres a buscar al mismo sitio en que había aterrizado el avión. Se oyeron unos tiros y le dije a Torres que le estaban haciendo combate al teniente Gutiérrez.

Caen en combate José Antonio y tres G.N..

Afirma Jaime Chamorro: “El combate duró como una hora y media. Yo estaba un poco desorientado. Oía los tiros que silbaban sobre nosotros. Cuando trataba de orientarme me deslicé sobre una pendiente para buscar al enemigo. En ese momento escuché una ráfaga de ametralladora que comenzó a un metro de mi persona y se extendió al lado contrario. Esa ráfaga me orientó para saber de dónde venían los tiros”. Los muchachos se mantenían a ras de las depresiones y zanjas del suelo. “Rivas Gómez de pie, tras un árbol, con una ametralladora disparaba a la patrulla, la mayor de las veces saliéndose del árbol. Me impresionó su valentía”, agrega Chamorro. Aquí cayó nuestro compañero Antonio Gutiérrez, de Diriamba, y hubo tres guardias muertos. “Uno de los disparos del enemigo mi quitó el casco”, declara el teniente Carlos Orlando Gutiérrez.

La montaña y problemas de columna de Pedro Joaquín.

El grupo de Mollejones, aunque con malas noticias de Olama, continuaba con espíritu combativo, pero sin dirección precisa. Después de la experiencia del Cerro del Hielo, hicimos una brutal jornada de 24 horas sin comer; problemas de estómago causados por agua contaminada de ríos, y bajo torrenciales aguaceros que no cesaban de caer. Tengo recuerdos vívidos de la valiente y tozuda actitud de Pedro Joaquín que padecía problemas de columna; de tal manera que usaba corsé para paliar las molestias. Y eso de andar de noche bajo el invierno, atravesar quebradas, ríos, subir, bajar, saltar era asunto difícil para cualquiera. De tal manera que Pedro Joaquín con frecuencia resbalaba y caía en el lodo soltando un quejido. Yo venía junto a él, extendía la mano para ayudarlo a levantarse. Preguntaba: ¿Cómo te sientes? Y Pedro contestaba que bien. Pedro era un hombre extraordinario que no sabía quejarse. A esta marcha sin parar las 24 horas, le llamamos Noche Triste, porque algunos con las botas hechas triza, cansados y enfermos no podían caminar.

Fruta de pan y los periodistas del Time.

El epílogo de nuestro esfuerzo comenzó a escribirse en Fruta de Pan en donde llegamos por la madrugada y mandamos a un grupo de reconocimiento pensando que estaba la guardia. Nos dividimos en tres grupos, colocándonos acostados para enfrentar cualquier eventualidad. Escuchamos fuertes golpes en piso del tambo. Pablo Bravo nos informó que estaban unos periodistas americanos que resultaron ser Harvey Rosenhouse y Andrew St. George, del Times, acompañado de Francisco Rivas (Rivita) en esos días periodista de La Noticia.

Al borde del epílogo

Después de hablar con los periodistas y explicar las condiciones en que nos veíamos atrapados con patrullas de la Guardia por todos lados, Pedro Joaquín y Reinaldo expusieron la situación y recurrieron al criterio de cada cual para quedarse en Fruta de Pan, o seguir adelante. Quince nos fuimos con Pedro. Llevamos algunos fusiles más, por si alguien que encontráramos en el camino quería acompañarnos. Resultaron carga difícil, y las medio enterramos en caminata Fruta de Pan a Banad. Tras una burra de monte nos sorprendió la patrulla de los tenientes Quintana y Espinoza enviada el coronel Gustavo Guillén. Allí nos capturaron y condujeron a La Curva. El grupo de Olama desperdigado en villorrios y poblados había corrió la misma suerte. Enfrentamos la Junta Militar que nos acusó y condenó a once años de cárcel por traición a la Patria, como si alguien pudiera cometer el delito de invadir su propio país.

Cuando las puertas se cierran viene algo después.

Luego de Olama y Mollejones vino todo lo que vino, y el dictador ya no pudo dormir tranquilo. El grupo de expedicionarios estaba integrado por jóvenes de toda tendencia: conservadores, liberales, obreros y campesinos. Se pensaba en construir una República en donde pudieran convivir y trabajar todos, regidos por una Constitución y leyes justas y democráticas. Era lo esencial.

Ojalá hoy no estemos recomenzando etapas históricas superadas, y evitemos el camino de la tragedia dictatorial que tanta sangre ha costado a Nicaragua.

 

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