Rigoberto López Pérez

Tomado de EL NUEVO DIARIO del 29 de Septiembre de 2006
Jesús Miguel “Chuno” Blandón

La política en Nicaragua, como es bien sabido, ha tenido siempre particularísimas características, entre las que se destaca la intolerancia que nos ha mantenido presos de graves confrontaciones y sangrientas guerras, desde la independencia hasta nuestros días.

Todo lo anterior ha llevado al poeta José Coronel Urtecho, a afirmar --en sus “Apuntes sobre la Historia de Nicaragua”-- “que el nicaragüense es un pueblo faccioso”.

Es, por lo tanto, casi normal que en un pueblo dividido en dos mitades, cada una de las cuales cree poseer la verdad absoluta: timbucos y calandracas, liberales y sandinistas, uno de los hechos más trascendentales de nuestra historia política, lo ocurrido en septiembre de 1956, se haya convertido en asunto controversial y que, desde hace algún tiempo, colocara al poeta Rigoberto López Pérez en el ojo de la tormenta, como si fuera un candidato a la Alcaldía o a la Presidencia en la presente contienda electoral.

Rigoberto no perteneció ni al Frente Sandinista, ni a la ALN, ni al PLC, ni al MRS, ni a la A.C., porque, sencillamente, ninguna de esas organizaciones políticas existía cuando él murió en el año 1956.

Rigoberto, Edwin y sus amigos eran simpatizantes, miembros o militantes del Partido Liberal Independiente (PLI), organización de centro, progresista, que encabezaba heroicamente a la oposición nicaragüense de los años 40 y 50 y que hoy, prácticamente, no existe más que como referencia histórica.

El PLI había realizado recientemente su convención en León, en la que habían protestado contra la reelección de Somoza García.

Se han agotado los adjetivos para calificar, de un modo u otro, la figura y la acción de Rigoberto, trayendo información contaminada por la pasión política acerca de los trascendentales sucesos que transformaron dramáticamente la vida de los nicaragüenses.

Lo más delicado de este asunto es que algunas publicaciones tratan de poner al ex presidente, general Anastasio Somoza García, como si fuera un John F. Kennedy o un Lincoln, ultimado a balazos por un maleante, un pandillero antisocial o un enfermo mental.

Pienso que quienes nos aventuramos por los intrincados laberintos de la historia, tenemos la obligación de ofrecer, sobre todo a las nuevas generaciones que no presenciaron tales hechos, una versión objetiva, científicamente comprobable, de lo ocurrido en septiembre de 1956

Los testigos idóneos
Para lograr eso debemos de, como corresponde a todo análisis serio y profesional, ir hasta las fuentes primigenias de la historia y consultar la opinión de los protagonistas de estos hechos, los que presenciaron en primera fila, sufriendo en carne propia, las consecuencias de tales acontecimientos, para que sean ellos mismos los que nos digan quién era Somoza García y quién era Rigoberto López Pérez.

Entre estos testigos incuestionables traemos en primer lugar a un patriota, infatigable luchador por la libertad y la democracia en Nicaragua, que pagó con su vida el ser consecuente en la defensa de sus convicciones. Es un testigo idóneo para opinar sobre los sucesos que le tocó vivir: el Dr. Pedro Joaquín Chamorro Cardenal. En su extraordinario libro “Estirpe Sangrienta, los Somoza” (Impresión Comercial La Prensa 2001), el cual yo he admirado siempre y que desempeñó un papel fundamental en mi formación política, Pedro Joaquín Chamorro dice en la página 56: “Somoza estaba muerto. Su larga carrera de hombre público, encaminado a hacer de Nicaragua un feudo propio, había concluido. Comenzó en 1934 cuando ordenó matar a Sandino”.

Agrega en la página 58: “Los derechos humanos fueron virtualmente suprimidos durante su permanencia en el poder. Muchos hombres padecieron prisiones sin juicio, fueron entrañados del territorio nacional o confinados en islas semidesiertas, otros golpeados brutalmente… y hay una verdadera legión de los que murieron asesinados… durante su gobierno”.

En la página 59, el Dr. Chamorro afirma: “Él era un tirano en todo el sentido de la palabra, un hombre que pretendía estar por encima de todo”.

En la página 61: “De las cárceles de Somoza tenía una dolorosa experiencia. Sabía que torturaban y asesinaban a los prisioneros. Una vez vi a Anastasio, hijo, con una venda de boxeador atada a su mano derecha, entrar en una pequeña estancia de donde salían los quejidos del mayor Domingo Paladino, quien --atado de manos y pies-- recibía estoicamente los golpes. Sabía que, junto con Teodoro Picado, hijo, Anastasio, hijo, había colgado de los testículos a Jorge Ribas Monte. Conocí las torturas de mis primos Humberto y Tito Chamorro, y de centenares de nicaragüenses torturados en investigaciones presididas por los Somoza”.

Hasta los perros aullaban de terror

En la página 78, después de ser torturado por Oscar Morales, Lázaro García y el mismo Tacho, hijo, el Dr. Chamorro medita: “Y uno se siente tentado a pensar… que quizás el hombre que ordenó la represión en la Mina La India, en que murieron cientos de campesinos, es bueno, que el que abrazó a Sandino antes de mandar a fusilarlo, es bueno, que el que había mandado a quemar los cadáveres de Adolfo Báez Bone, Pablo Leal, Agustín Alfaro y Chema Tercero, es bueno”.

En la página 96, Pedro Joaquín sostiene: “Además del foso y la electricidad, los Somoza usaban el innoble expediente de atar los testículos de los prisioneros con un fino mecate de manila y hacer un nudo corredizo y tirar bestial o delicadamente de él… A Jorge Ribas Monte, asesinado en las cárceles de Managua, le hicieron eso en 1954, y contaba él a sus compañeros de prisión, entre los que me encontraba yo, que Tacho, hijo, le puso el pie sobre el pecho para que el encargado de la manila la halara con más eficacia… los gritos de dolor se escuchaban en las celdas de los demás prisioneros, y los perros de la Casa Presidencial aullaban cuando torturaban a los presos”.

El culpable de su muerte

En la página 113, expresa: “En los sótanos leí las declaraciones del ex presidente Galo Plaza Lazo que decía: “…Es bueno que los tiranos de América vayan sabiendo que con sus métodos corren el riesgo de morir alguna vez a balazos”.

“¡Y era verdad! Como es cierto también que el culpable de aquella muerte no era otro que el muerto mismo, no era otro que el propio Somoza, junto con sus hijos y sus guardias, que habían perseguido durante tantos años la hacienda y la vida de sus conciudadanos”.

“Porque personifican la injusticia, porque asesinan y torturan a los hombres, porque rebajan la dignidad de las personas hasta su condición ínfima… Así, parafraseando a Séneca, puede decirse que: “El tirano no muere, se mata”.

En la página 135, afirma PJCH: “A Somoza lo mataron porque él había matado. ¿No es lógico y suficiente? Alguien tenía que hacer eso, medirlo con la misma vara que había medido a tantos”.

En la página 172, el Dr. Chamorro expresa: “Un hombre que en sus primeros años de gobierno hizo converger los destacamentos del ejército en el norte, sobre el pueblo de Wiwilí. La orden fue: que no quede uno vivo, Y no quedó nadie”.

En la página 184 agrega: “El sistema cesarista de Somoza contribuyó a causar su muerte”.

Atentado fue personal

En la página 185 continúa: “Más que político, el caso de Somoza frente a todo su pueblo es personal, porque personalmente había perseguido, o matado, y sembrado la semilla de un desenlace que tenía, irremediablemente, que ser personal, como fue el atentado que le costó la vida”.

“Contra el designio de la providencia que por ser de Dios mismo escribió en las páginas del tiempo la sentencia ‘el que a hierro mata, a hierro muere’”.

En la página 195, afirma: “Somoza era caótico y amoral”, mientras que en la página 205, agrega: “Se encontró un expediente en que Somoza era enjuiciado por falsificación de moneda en 1925, y allí arrancó su larguísima carrera de constructor de capitales a costa del bienestar y la propiedad ajenos. Su amistad con los delincuentes, a quienes trató más de una vez como compañeros…”

En la página 206, nos describe que “Somoza en su juventud jugaba taba en el parque de San Marcos, era gallero y bebedor, después del caso de falsificación de moneda juró llorando corregirse, pero no se corrigió nunca”.

“Ya en la Presidencia, mantenía abiertos los casinos de juegos prohibidos. Con una parte del producto pagaba a los oficiales más fieles, y con la otra engrosaba su bolsa”.

“Somoza corría detrás de las monedas con ese afán febril del jugador empedernido. Jugaba siempre con cartas marcadas y no permitía que nadie se le adelantara”
Acerca de Rigoberto

En cambio, cuando el Dr. Pedro Joaquín Chamorro menciona al poeta Rigoberto López Pérez, lo hace con mucho respeto, no exento de admiración. En la página 30 del mismo libro “Estirpe sangrienta: los Somoza”, Pedro Joaquín afirma que “sólo algún tiempo después supimos que la noche del 21 de septiembre, un muchacho llamado Rigoberto López Pérez había dado cuatro balazos al general Somoza y que, antes de hacerlo, dejó estos versos:

“Estudiante chipriota, hermano,
El más lejano de mi mano
…y el más cercano de mi corazón”.

Luego, en la página 136, vuelve a referirse al joven Rigoberto, así: “López Pérez era un muchacho totalmente desvinculado de los que habían luchado contra Somoza. Era un hombre nuevo que vivía en El Salvador y que no se dedicaba a actividades políticas del viejo estilo. Un escritor que pensó hacer lo que hizo, blindado dentro de su magnífica soledad, impulsado por algo que llevaba adentro, él solo. Para echarlo fuera, no tuvo necesidad de pedir ayuda ni colaboración”.

“El porqué de su muerte y la de Somoza quedan explicados en esta anécdota... El día de los hechos, por las calles empedradas y viejas de aquella ciudad vestida de gala con la llegada del Presidente, desfilaban, como de costumbre en esa clase de fiestas “cívicas” nicaragüenses, multitud de borrachos”. Ahí el abstemio López Pérez, al observar el espectáculo, dijo: “Poco tiempo le queda a ese bandido por seguir envenenando a nuestro pueblo”

La carta a su madre

Continúa el Dr. Pedro Joaquín Chamorro en la página 137: “Una idea de su decisión y de la forma en que había madurado su propósito, puede hallarse en los párrafos siguientes de una carta a su madre: “Aunque usted nunca lo ha sabido, yo siempre he andado tomando parte en todo lo que se refiere a atacar al régimen funesto de nuestra patria y, en vista de que todos los esfuerzos han sido inútiles, para tratar de que Nicaragua vuelva a ser… una patria libre, sin afrentas y sin manchas, he decidido tratar de ser yo el que inicie el principio del fin de esta tiranía. Si Dios quiere que perezca en mi intento, no quiero que se culpe a nadie absolutamente, pues todo ha sido decisión mía”.

Finalmente, en la página 218, el Dr. Chamorro expresa abiertamente su admiración por el joven poeta: “Rigoberto López Pérez sabía que iba a morir; tejió su drama solo y fue solo hasta el final. Sin embargo, no lo hizo por interés, por lucro ni por exhibicionismo. Antes de tomar su decisión, creyó cerciorarse de que las cosas iban a cambiar fundamentalmente en su tierra, y esperó una rebelión militar que sólo existía en su imaginación exaltada y grande. Tomó una póliza de seguro para beneficiar a su madre y… una niñita sobrina suya, a quien protegía”

Las noches de tortura de Clemente Guido

Otro testigo de primer orden es el Dr. Clemente Guido. Dirigente del Partido Conservador, médico prestigiado, el Dr. Guido sufrió cárcel y torturas, ahogamiento en el pozo. Convivió en una jaula con leones en la Casa Presidencial, a raíz de los sucesos de septiembre del 56.

En su libro “Noches de Torturas” (Ediciones Nicarao, Managua, Nicaragua), página 27, el Dr. Guido se refiere a Somoza García con mucho sarcasmo: “El pueblo curioso acudía como para asegurarse de que en realidad el dictador había muerto”.

Luego, en la página 85, narra parte de las torturas a que fue sometido: “Me llevaron al jardín donde había visto a Ausberto Narváez , en la jaula de las panteras, en pijama, descalzo, y a otro grupo de hombres en la jaula de los leones… habíamos regresado al presidio, a las torturas, a los jardines zoológicos de la familia Somoza”.

En la página 17, agrega: “Al hacer esta segunda edición, respondiendo a la demanda del público, ávido de conocer los métodos horrendos que se ocuparon en 1956 para investigar la muerte del dictador, quiero pedir a los lectores que no se limiten a comentar y leer el libro… estos métodos desaparecerán cuando todos nos comprometamos a luchar sin temor contra la represión”.

Y en la página 28: “… fueron los Somoza los que, en un acto injusto y cruel, me convirtieron de opositor pasivo en opositor activísimo. Fue un latigazo en mi conciencia que me lanzó a luchar contra la dictadura hereditaria de los Somoza”.

En la página 115, el Dr. Guido demuestra que el reo Cornelio Silva fue castrado en la cárcel “despierto y por manos criminales de ignorantes”. Como prueba, reproduce el testimonio del Dr. Alfonso Pérez Andino, quien examinó el cadáver cuando iba a ser sepultado en su tierra, La Libertad, Chontales.

Pero, igual que el Dr. Pedro J. Chamorro, cuando el Dr. Guido se refiere al poeta Rigoberto López Pérez, lo trata con respeto y admiración.

En la página 29, antes de comenzar el primer capítulo, le hace una virtual dedicatoria de su libro, ya que ubica su foto, en la que va insertado un poema de Rigoberto que dice:

“Las flores de mis días siempre estarán marchitas si la sangre del tirano
está en sus venas”

Y al pie de foto reza: “Escribió con sangre su último poema en la Casa del Obrero, en León. Se entrenó por meses cuidadosamente para realizar la misión. El poema que presentamos, al pie del grabado, cristaliza su pensamiento realizado fielmente”.

En la página 100 de “Noche de torturas”, el Dr. Guido coloca la foto de Rigoberto tirado en el suelo con esta leyenda: “El poeta Rigoberto López Pérez, muerto después de su hazaña”

El capitán Adolfo Alfaro

En la página 145, el Dr. Guido transcribe íntegramente una entrevista que le hizo el diario La Prensa al ex capitán Adolfo Alfaro el día 4 de octubre de 1979. El capitán Alfaro, hermano del mártir Agustín Alfaro, asesinado el 4 de abril, según la crónica de La Prensa, “recuerda, lleno de profunda admiración, al poeta López Pérez”.

Más adelante, Alfaro hace referencia “a criminales nicaragüenses que, pagados por Somoza, me asediaban para asesinarme en El Salvador”.

Alfaro define que “Rigoberto es un idealista puro. Cada vez que hablábamos, su disposición al sacrificio, por liberar a Nicaragua de la pesada carga de la dictadura, afloraba en todos los temas”.

En la misma entrevista a La Prensa, Alfaro señala que “Rigoberto López no era hombre que odiaba, pero sí amaba intensamente a su patria, en ese tiempo aherrojada al régimen militar somocista. Sus expresiones eran tan claras y diáfanas como su misma poesía”.

“Rigoberto no sabía de armas”, agrega Alfaro, y afirma que en El Salvador comenzó a enseñarle el manejo de las armas cortas.

En su libro “La saga de los Somoza” (página 174, Segunda Edición), el ex teniente GN Agustín Torres Lazo, Fiscal del Consejo de Guerra Militar que acusó a los implicados en los sucesos de septiembre 56, opina sobre Somoza: “Si en el período del general Zelaya, el país estuvo sometido a una violenta dictadura, la que Somoza implantó no tuvo ni atisbos de comparación. Presidió un régimen de terror en que las torturas alcanzaron un grado máximo de sofisticación y refinamiento. Era implacable con sus adversarios… hizo escarnio de la dignidad y los derechos humanos, atropellando las aspiraciones de libertad y demanda de cada uno de sus compatriotas. Fue corrupto y corruptor. Ambicioso sin medida y egoísta consumado”.

Sobre López Pérez declara en la página 156: “Puede ser que, a través de la lectura, Rigoberto haya ido adquiriendo conciencia de la tragedia de su patria, al tiempo que su espíritu sensible siente la necesidad de hacer algo, de salir corriendo y empezar a pelear, de llevarse al mundo por delante… en plausible anhelo de conseguir que su patria se levante de la postración en que se encontraba”.

Mientras tanto, en el libro “Semper Fidelis”, publicado recientemente en Miami por el ex oficial de la GN, Justiniano Pérez, se ofrecen interesantes datos sobre lo que fue la GN y Somoza García.

Justiniano Pérez, graduado de la Academia Miliar, estuvo adscrito al 1er. Batallón Blindado y participó en operaciones militares de Pancasán y Zinica. En 1974, se encontraba asignado a la Patrulla Presidencial cuando el asalto a Chema Castillo. Desde 1977, fue oficial de Ejército de la EEBI.

En “Semper Fidelis” (Publicaciones y Distribuciones Orbis, Miami, Fla.), Justiniano Pérez dice en la página 33: “El primero de enero de 1933, el Dr. Juan B. Sacasa asumió la Presidencia de la República, y el Gral. Anastasio Somoza García la Jefatura de la Guardia Nacional. Somoza jamás se sometió a la autoridad del Presidente, iniciando con esa actitud, ambiciosa y egoísta, un proceso de politización y control familiar que ejército alguno haya sufrido en nuestros tiempos”.

“Muy pronto la GN se encontró en el dilema de ser fiel al presidente o al Gral. Somoza. Tiempo después, cuando los poderes se unificaron y todo se simplificó, la GN había sido secuestrada”.

“Cuando Juan B. Sacasa firmó los Acuerdos de Paz con Sandino, Somoza respondió ordenando su ejecución. Había desaparecido el Sandino humano y heroico. Había nacido el Sandino mítico y trascendente. En nuestra historia sólo Darío sobrepasaría su fama”.

Visto lo anterior, creo que el pueblo nicaragüense ha podido formarse una idea clara de quién era Somoza García y quién era Rigoberto López Pérez.

(*) Extracto de la segunda edición en preparación del mismo autor “De Sandino a Carlos Fonseca”.


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